/ domingo 30 de abril de 2023

De Perfil | Cecilia Toussaint se impuso en un mundo de hombres

Cecilia Toussaint desafió al machismo del rock en México para convertirse en una figura emblemática, que ha explorado además el pop, blues, funk y bolero durante 45 años de carrera

Como las viejas dualidades prehispánicas, el rock mexicano tiene su Ometéotl femenino en la voz de una mujer de musicalidad inconmensurable: Cecilia Toussaint. Ella, tan dueña de sí misma, tímida de carácter pero de habla intrépida, fue protagonista de los hoyos funky, lugares donde la revuelta rocanrolera se enunció desde los barrios bajos, allá donde la academia da risa y la fama se lustra a chingadazos.

Aquellos hoyos —lugares donde el rock y el punk se tocaba muchas veces al margen de la ley— fueron las líneas de fuga hacia los márgenes de una nueva sensibilidad, misma que, años más tarde, propiciaría un enorme movimiento cultural y comercial rebosante de sonidos, colores, estilos y personalidades. Un cúmulo de coincidencias y divergencias que darían forma —pero sobre todo fama— al rock hecho en México.

Pero para que un Vive Latino existiese era necesario tener a alguien como Cecilia, la menor de los hermanos Toussaint (Eugenio, Enrique y Fernando), familia de gran abolengo musical y apellido obligatorio en los anales del jazz nacional.

En una charla con El Sol de México, para la cual se maquilla apenas discretamente para una sesión fotográfica, Cecilia recuerda su infancia con gozo, pero consciente de que, ser la más chica, resultó en la formación de una niña introvertida. “Todo el tiempo era ver para adentro”, dice. “Era tímida, nunca fui muy amiguera: me gustaba mucho estar en mi cuarto. Era una niña muy sola, pero al mismo tiempo con un mundo interior tremendo”.

De hecho, hay algo de presagio en la vida de los hermanos Toussaint. Cecilia recuerda esto con una peculiar anécdota familiar. Su madre, cuando estaba embarazada de su hermano Eugenio —el mayor, fallecido en 2011—, pintó un cuadro cuyos protagonistas eran cuatro músicos en una agrupación: tres hombres tocando instrumentos y una vocalista. Casualidad o no, Cecilia acabó siendo una de las grandes voces femeninas del rock mexicano, y sus hermanos, integrantes de Sacbé, banda insignia del jazz latinoamericano.

“Siempre estuvimos rodeados de música, de pintura, de cine. Mis papás nos procuraban mucho. Estuvimos muy expuestos al arte. Naturalmente, a mis hermanos y a mí nos gustaba jugar a la música. Y curiosamente, cada uno, desde el inicio, tomó su instrumento. Mi hermano Fernando siempre agarró el tamborcito. Mi hermano Eugenio era el acompañamiento y Enrique era el bajo. Tuvimos muy claro nuestros lugares en un grupo musical”, comparte Cecilia.

Pese a que su infancia estuvo sellada por más sueños artísticos —“durante muchos años quise ser bailarina, pero me lastimé las rodillas”—, hubo uno que, dice, le voló la cabeza: conocer el rock and roll. No recuerda exactamente a qué edad fue, pero sí que fue herencia directa de sus hermanos. De Eugenio aprendió el lado más agreste: Jimi Hendrix, Cream, Grand Funk, Deep Purple. Después llegó la etapa más progresiva, con Pink Floyd y Emerson Lake & Palmer.

“Pero también yo tenía una parte más funky, porque yo incursioné en el rock en un momento de quiebre personal en mi vida, de profunda necesidad de sacar algo que no había terminado de sacar por completo. Por fortuna, lo descubrí y creo eso que me salvó de muchas cosas, el hecho de encontrar esa forma de expresión. En ese momento hubo situaciones en mi vida personal: estaba chica, troné con mi pareja y fui mamá muy joven. Estaba viviendo cosas fuertes y, por fortuna, encontré ese espacio a pesar de que ya tenía un rato cantando, había estado con La Nopalera, con Rehilete y con mi proyecto de boleros”, recuerda.

Fue así que Cecilia Toussaint se involucró en la compleja y variopinta escena del rock mexicano, que transitaba de los hoyos funky a los proyectos de clase media, mejor financiados, pero no menos interesantes. Y es en esta historia donde entra un hombre clave en su vida, amistad entrañable y cómplice musical, Jaime López, quien acabaría siendo el autor de buena parte de sus letras. “Nos hicimos muy amigos desde el inicio”, cuenta Cecilia.

CECILIA LA GUERRERA

El 23 de septiembre de 1983 es una fecha muy especial para ella. Ese día fue la primera vez que participó en una tocada de rock con su grupo Arpía. El lugar fue, por demás, simbólico: Ciudad Universitaria. Cecilia Toussaint escupió rebeldía en el mismo lugar que, 15 años antes, había sido tomado por el Ejército en contra de la revuelta estudiantil más grande de la que se tenga registro en México. “Me habían contratado para cantar boleros, pero ese día decidí cantarles otra cosa”, comenta.

Sin embargo, en la escena del rock nacional, se encontró con el machismo y las diferencias de clase. “Pero bueno, yo ya venía curtidita”, recuerda Cecilia con sonrisa pícara. “Era la más chica de tres hombres… ya venía preparada, no me espantaban. Tuve que hacerme un personaje, hacerme fuerte para aguantar, porque si no, me hubieran comido viva”.

Aunque nunca se ha enarbolado públicamente como una combatiente del machismo roquero más obstinado, la realidad es que Cecilia Toussaint se abrió paso entre productores, empresarios y músicos que veían a la mujer como una simple musa o, en el mejor de los casos, como un arreglo coral. Pero ella, sabedora de su fuerza vocal, de su capacidad histriónica, heredera de tantas mujeres como Nina Simone, Lola Beltrán y Sister Rosetta Tharpe, tomó el micrófono para gritar una feminidad que todavía levantaba cejas y fruncía ceños entre la sociedad mexicana de ese momento.

“Yo llegué a tocar en la Arena de Luchas de Tlalnepantla. También en el Cortijo y el Salón Cosmos. Esos eran algunos de los hoyos funky. Yo decía que el Hip 70 era el único hoyo del sur de la ciudad, porque era más o menos el mismo rollo: no eran lugares con grandes producciones, no había equipo, ni producción, ni iluminación, ni nada. Todo se inventaba en el momento. Había lugares donde tocábamos encima de un camión de redilas”, relata la cantante.

Pero sobre todo tiene en su memoria el momento en el que, en Tlalnepantla, la abuchearon y le arrojaron de todo para que se bajara del escenario. Todos querían ver al Tri de Alex Lora, el padrino del rocanrol mexicano. Cecilia, sin embargo, no se doblegó.

“Eran unos warriors (los del público). Había mucha gente banda y mucha gente de bandas como Los Panchitos. Al principio fueron muy agresivos conmigo. No fui muy bien vista. Ellos decían: ‘¿Ésta que hace telenovelas y sale a las seis de la tarde en Cautiva qué me va a venir a cantar Me siento bien, pero me siento mal?’. No me creían nada. Me aventaban cosas, pero yo esquivaba y seguía cantando. Me encantaba estar ahí, era lo que yo quería hacer”, dice Cecilia.

En alguna ocasión, recuerda, ante tanto abucheo, tomó el micrófono y le gritó al público: “¿No me quieren oír aquí en Tlalnepantla? Pues nada más les digo que a mí me contrataron una hora. Entonces, si no me quieren oír, pues sálganse, porque yo voy a seguir”. La respuesta de la gente, sorpresivamente, fue positiva. Con el tiempo, la respetaron. Tanto que muchas veces pedían verla más a ella que al mismo Lora. “Poco a poco me fueron queriendo y, de rato, yo ya era la reina del lugar. Pero me costó, me costó, sí me hicieron pagar derecho de piso”, asegura Cecilia, quien siempre tuvo claro que se había metido a un mundo “absolutamente masculino”.

UNA MUJER MUY SUYA

De aquellos episodios agrestes ya han pasado muchos años, pero Cecilia no es una mujer que habite en la nostalgia ni mucho menos en la postración. Su carrera es una exploración constante por los sonidos del México vernáculo, pero también del contemporáneo. Han sido 45 años ininterrumpidos de música autogestiva y colaboraciones enriquecedoras y libres de etiquetas. Rock, pop, blues, funk y bolero son algunos de los canales por los que se ha deslizado, pero cada disco de ella es independiente el uno del otro, intentos de la no repetición en una industria donde todo parece cada vez más homogéneo.

Amante de la cocina mexicana, Cecilia disfruta de hacer platillos sencillos pero deliciosos: “No cualquiera puede hacer un buen arroz blanco”. Incluso cuenta que ha tomado clases de cocina, en gran parte inspirada por los hombres de su familia que, afirma, fueron o son grandes cocineros, empezando por su padre y sus hermanos.

Para ella, una buena comida es sinónimo de diálogo, expresión de amor que comparte con su hijo Julián, producto de la relación que mantiene con su esposo Alfonso André, baterista de Caifanes, a quien conoció hace más de tres décadas.

“A Diego (Herrera) lo conocí antes porque él tenía una banda con mi hermano Fernando que se llamaba Palmera. Luego, conocí a Saúl (Hernández) por Gerardo Bátiz, un gran músico con quien yo había trabajado en La Nopalera. A Sabo también lo conocí antes. A Alfonso, en cambio, lo conocí alrededor del 92 o 93. Él me contrató para (administrar) un antro que tenía con Saúl en Cuernavaca, llamado El Ritual del Perro. Alfonso me fue a contratar a mi casa y ahora tengo 30 años de casada con él”.

Actualmente, Cecilia Toussaint disfruta de escuchar nueva música cuando está con su hijo Julián, también músico, de quien ha aprendido a ser receptiva hacia todo lo que escucha.

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En un día normal, se levanta por la mañana y toma clases de canto. Sus 64 años no le impiden hacer un poco de ejercicio para iniciar una jornada. Pero lo que más le emociona ahora, dice, es ser abuela. Mantener la conexión con los suyos. De las redes sociales prefiere estar apartada. “Alfonso es mejor para esas cosas”, reconoce.

Ella, como la niña que fue, prefiere mirar hacia adentro, hacia la mujer que, ahora, de vez en cuando, sale al bosque para explorar su propio mundo interior.


Como las viejas dualidades prehispánicas, el rock mexicano tiene su Ometéotl femenino en la voz de una mujer de musicalidad inconmensurable: Cecilia Toussaint. Ella, tan dueña de sí misma, tímida de carácter pero de habla intrépida, fue protagonista de los hoyos funky, lugares donde la revuelta rocanrolera se enunció desde los barrios bajos, allá donde la academia da risa y la fama se lustra a chingadazos.

Aquellos hoyos —lugares donde el rock y el punk se tocaba muchas veces al margen de la ley— fueron las líneas de fuga hacia los márgenes de una nueva sensibilidad, misma que, años más tarde, propiciaría un enorme movimiento cultural y comercial rebosante de sonidos, colores, estilos y personalidades. Un cúmulo de coincidencias y divergencias que darían forma —pero sobre todo fama— al rock hecho en México.

Pero para que un Vive Latino existiese era necesario tener a alguien como Cecilia, la menor de los hermanos Toussaint (Eugenio, Enrique y Fernando), familia de gran abolengo musical y apellido obligatorio en los anales del jazz nacional.

En una charla con El Sol de México, para la cual se maquilla apenas discretamente para una sesión fotográfica, Cecilia recuerda su infancia con gozo, pero consciente de que, ser la más chica, resultó en la formación de una niña introvertida. “Todo el tiempo era ver para adentro”, dice. “Era tímida, nunca fui muy amiguera: me gustaba mucho estar en mi cuarto. Era una niña muy sola, pero al mismo tiempo con un mundo interior tremendo”.

De hecho, hay algo de presagio en la vida de los hermanos Toussaint. Cecilia recuerda esto con una peculiar anécdota familiar. Su madre, cuando estaba embarazada de su hermano Eugenio —el mayor, fallecido en 2011—, pintó un cuadro cuyos protagonistas eran cuatro músicos en una agrupación: tres hombres tocando instrumentos y una vocalista. Casualidad o no, Cecilia acabó siendo una de las grandes voces femeninas del rock mexicano, y sus hermanos, integrantes de Sacbé, banda insignia del jazz latinoamericano.

“Siempre estuvimos rodeados de música, de pintura, de cine. Mis papás nos procuraban mucho. Estuvimos muy expuestos al arte. Naturalmente, a mis hermanos y a mí nos gustaba jugar a la música. Y curiosamente, cada uno, desde el inicio, tomó su instrumento. Mi hermano Fernando siempre agarró el tamborcito. Mi hermano Eugenio era el acompañamiento y Enrique era el bajo. Tuvimos muy claro nuestros lugares en un grupo musical”, comparte Cecilia.

Pese a que su infancia estuvo sellada por más sueños artísticos —“durante muchos años quise ser bailarina, pero me lastimé las rodillas”—, hubo uno que, dice, le voló la cabeza: conocer el rock and roll. No recuerda exactamente a qué edad fue, pero sí que fue herencia directa de sus hermanos. De Eugenio aprendió el lado más agreste: Jimi Hendrix, Cream, Grand Funk, Deep Purple. Después llegó la etapa más progresiva, con Pink Floyd y Emerson Lake & Palmer.

“Pero también yo tenía una parte más funky, porque yo incursioné en el rock en un momento de quiebre personal en mi vida, de profunda necesidad de sacar algo que no había terminado de sacar por completo. Por fortuna, lo descubrí y creo eso que me salvó de muchas cosas, el hecho de encontrar esa forma de expresión. En ese momento hubo situaciones en mi vida personal: estaba chica, troné con mi pareja y fui mamá muy joven. Estaba viviendo cosas fuertes y, por fortuna, encontré ese espacio a pesar de que ya tenía un rato cantando, había estado con La Nopalera, con Rehilete y con mi proyecto de boleros”, recuerda.

Fue así que Cecilia Toussaint se involucró en la compleja y variopinta escena del rock mexicano, que transitaba de los hoyos funky a los proyectos de clase media, mejor financiados, pero no menos interesantes. Y es en esta historia donde entra un hombre clave en su vida, amistad entrañable y cómplice musical, Jaime López, quien acabaría siendo el autor de buena parte de sus letras. “Nos hicimos muy amigos desde el inicio”, cuenta Cecilia.

CECILIA LA GUERRERA

El 23 de septiembre de 1983 es una fecha muy especial para ella. Ese día fue la primera vez que participó en una tocada de rock con su grupo Arpía. El lugar fue, por demás, simbólico: Ciudad Universitaria. Cecilia Toussaint escupió rebeldía en el mismo lugar que, 15 años antes, había sido tomado por el Ejército en contra de la revuelta estudiantil más grande de la que se tenga registro en México. “Me habían contratado para cantar boleros, pero ese día decidí cantarles otra cosa”, comenta.

Sin embargo, en la escena del rock nacional, se encontró con el machismo y las diferencias de clase. “Pero bueno, yo ya venía curtidita”, recuerda Cecilia con sonrisa pícara. “Era la más chica de tres hombres… ya venía preparada, no me espantaban. Tuve que hacerme un personaje, hacerme fuerte para aguantar, porque si no, me hubieran comido viva”.

Aunque nunca se ha enarbolado públicamente como una combatiente del machismo roquero más obstinado, la realidad es que Cecilia Toussaint se abrió paso entre productores, empresarios y músicos que veían a la mujer como una simple musa o, en el mejor de los casos, como un arreglo coral. Pero ella, sabedora de su fuerza vocal, de su capacidad histriónica, heredera de tantas mujeres como Nina Simone, Lola Beltrán y Sister Rosetta Tharpe, tomó el micrófono para gritar una feminidad que todavía levantaba cejas y fruncía ceños entre la sociedad mexicana de ese momento.

“Yo llegué a tocar en la Arena de Luchas de Tlalnepantla. También en el Cortijo y el Salón Cosmos. Esos eran algunos de los hoyos funky. Yo decía que el Hip 70 era el único hoyo del sur de la ciudad, porque era más o menos el mismo rollo: no eran lugares con grandes producciones, no había equipo, ni producción, ni iluminación, ni nada. Todo se inventaba en el momento. Había lugares donde tocábamos encima de un camión de redilas”, relata la cantante.

Pero sobre todo tiene en su memoria el momento en el que, en Tlalnepantla, la abuchearon y le arrojaron de todo para que se bajara del escenario. Todos querían ver al Tri de Alex Lora, el padrino del rocanrol mexicano. Cecilia, sin embargo, no se doblegó.

“Eran unos warriors (los del público). Había mucha gente banda y mucha gente de bandas como Los Panchitos. Al principio fueron muy agresivos conmigo. No fui muy bien vista. Ellos decían: ‘¿Ésta que hace telenovelas y sale a las seis de la tarde en Cautiva qué me va a venir a cantar Me siento bien, pero me siento mal?’. No me creían nada. Me aventaban cosas, pero yo esquivaba y seguía cantando. Me encantaba estar ahí, era lo que yo quería hacer”, dice Cecilia.

En alguna ocasión, recuerda, ante tanto abucheo, tomó el micrófono y le gritó al público: “¿No me quieren oír aquí en Tlalnepantla? Pues nada más les digo que a mí me contrataron una hora. Entonces, si no me quieren oír, pues sálganse, porque yo voy a seguir”. La respuesta de la gente, sorpresivamente, fue positiva. Con el tiempo, la respetaron. Tanto que muchas veces pedían verla más a ella que al mismo Lora. “Poco a poco me fueron queriendo y, de rato, yo ya era la reina del lugar. Pero me costó, me costó, sí me hicieron pagar derecho de piso”, asegura Cecilia, quien siempre tuvo claro que se había metido a un mundo “absolutamente masculino”.

UNA MUJER MUY SUYA

De aquellos episodios agrestes ya han pasado muchos años, pero Cecilia no es una mujer que habite en la nostalgia ni mucho menos en la postración. Su carrera es una exploración constante por los sonidos del México vernáculo, pero también del contemporáneo. Han sido 45 años ininterrumpidos de música autogestiva y colaboraciones enriquecedoras y libres de etiquetas. Rock, pop, blues, funk y bolero son algunos de los canales por los que se ha deslizado, pero cada disco de ella es independiente el uno del otro, intentos de la no repetición en una industria donde todo parece cada vez más homogéneo.

Amante de la cocina mexicana, Cecilia disfruta de hacer platillos sencillos pero deliciosos: “No cualquiera puede hacer un buen arroz blanco”. Incluso cuenta que ha tomado clases de cocina, en gran parte inspirada por los hombres de su familia que, afirma, fueron o son grandes cocineros, empezando por su padre y sus hermanos.

Para ella, una buena comida es sinónimo de diálogo, expresión de amor que comparte con su hijo Julián, producto de la relación que mantiene con su esposo Alfonso André, baterista de Caifanes, a quien conoció hace más de tres décadas.

“A Diego (Herrera) lo conocí antes porque él tenía una banda con mi hermano Fernando que se llamaba Palmera. Luego, conocí a Saúl (Hernández) por Gerardo Bátiz, un gran músico con quien yo había trabajado en La Nopalera. A Sabo también lo conocí antes. A Alfonso, en cambio, lo conocí alrededor del 92 o 93. Él me contrató para (administrar) un antro que tenía con Saúl en Cuernavaca, llamado El Ritual del Perro. Alfonso me fue a contratar a mi casa y ahora tengo 30 años de casada con él”.

Actualmente, Cecilia Toussaint disfruta de escuchar nueva música cuando está con su hijo Julián, también músico, de quien ha aprendido a ser receptiva hacia todo lo que escucha.

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En un día normal, se levanta por la mañana y toma clases de canto. Sus 64 años no le impiden hacer un poco de ejercicio para iniciar una jornada. Pero lo que más le emociona ahora, dice, es ser abuela. Mantener la conexión con los suyos. De las redes sociales prefiere estar apartada. “Alfonso es mejor para esas cosas”, reconoce.

Ella, como la niña que fue, prefiere mirar hacia adentro, hacia la mujer que, ahora, de vez en cuando, sale al bosque para explorar su propio mundo interior.


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