/ lunes 31 de octubre de 2022

Daniela Michel, arquitecta del FICM, recuerda el nacimiento del festival

La directora general del encuentro recuerda cómo nació el FICM, testigo de la transformación de la industria y semillero de cineastas nacionales

MORELIA. Aunque el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) tuvo su primera edición en el 2003, se empezó a cocinar tres años antes con diferentes encuentros entre Daniela Michel, Alejandro Ramírez Magaña y Cuauhtémoc Cárdenas Batel. En entrevista exclusiva, la directora general de este encuentro que festeja dos décadas recuerda que fueron las Jornadas de Cortometraje Mexicano, organizadas por ella, sin más recursos que cinco mil dólares, lo que gestó la idea de hacer algo más grande con un solo objetivo: apoyar a los jóvenes cineastas mexicanos.

Hasta ese momento, el diagnóstico que Daniela había escuchado una y otra vez es que el cine nacional “ya se había muerto”, como lo repetían hasta el cansancio profesores, teóricos y críticos. En plan de rebeldía, organizó aquellas jornadas en su propia casa, aferrada a la idea de que algo se gestaba entre la juventud, un sector poblacional que en su mayoría no contaba con las opciones de estudiar una carrera cinematográfica.

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Fue así que le planteó a Alejandro Ramírez la idea de extender esos encuentros en un festival que tuviera como sede a la ciudad colonial de Morelia, cuya ubicación en el centro-occidente del país resultaba privilegiada para atraer al público. Además, era la sede de la cadena Cinépolis, propiedad de Alejandro, y su gobierno estaba en manos del izquierdista Lázaro Cárdenas Batel, que gustaba de apoyar proyectos artísticos y culturales.

Nació entonces un festival de prácticamente cortometrajes, pues en todo México apenas se habían concluido seis largometrajes y sólo una aceptó proyectarse en la capital michoacana: Nicotina, cuyo director Hugo Rodríguez fue invitado, pero se le olvidó presentarse.

Quien sí acudió fue la ya estrella mexicana Salma Hayek, al igual que el escritor y cineasta colombiano Fernando Vallejo y el laureado director y productor alemán Werner Herzog. También se pasearon por Morelia el iraní Barbet Schroeder y la actriz inglesa Julia Ormond, por lo que el festival ya nacía con buena estrella.

Para convencerlos recurrieron a todo, desde peticiones en el ámbito personal, hasta cartas tiradas al mar que por suerte tuvieron como respuesta el sí, pese a que era una primera edición.

“Previo al festival a pocos les interesaba el cine mexicano y mucho menos el trabajo que hacían los jóvenes en los cortometrajes; por eso le apostamos a ellos y con los años los hemos visto crecer, madurar, ganar premios en el extranjero”.

Tras esa primera edición realizada del 3 al 10 de octubre de 2003 el balance fue más que positivo, así que aquellos que no creyeron en el festival, lo tuvieron que hacer. “El objetivo se cumplió porque vinieron decenas de jóvenes a mostrar sus cortometrajes”, recuerda Daniela, quien no le resta importancia a los invitados que a partir de entonces han arribado a Morelia, pero destaca que lo primordial son los realizadores nóveles que vienen a mostrarse y competir.

En dos décadas, quienes organizan el FICM han visto cómo la tecnología ha sido primordial en la producción cinematográfica, y ven con buenos ojos que hacer películas ya no sea tan caro como a principios de siglo. “Ha crecido mucho, se transformó la industria, hay más estímulos fiscales y mayor participación de los medios”, dice Daniela, que sin embargo no olvida que en 1994 Carlos Carrera ya sorprendía al mundo y ganaba la Palma de Oro con Héroe, el cortometraje animado ambientado en el metro de la Ciudad de México.

Sin importar que hayan pasado tres administraciones federales, así como constantes cambios en el mandato estatal, el festival ha salido a flote “porque se organiza con pocos recursos y de manera eficiente”, dice su directora, quien agrega que en estas ediciones han sumado el apoyo de organizaciones internacionales e incluso de embajadas como la de Francia, Estados Unidos y España.

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Conservar la calidad de las películas que se proyectan y mantenerse al margen de colores políticos son dos de las claves para que el FICM siga con vida: “Somos absolutamente independientes y hemos tenido el apoyo irrestricto de Cinépolis, porque sin Alejandro Ramírez esto no sería posible”.

Con ya miles de trabajos presentados en la pantalla grande, el festival se enfrentó a su momento más difícil con la llegada de la pandemia, que los obligó a mostrar las películas en línea durante 2020: “Teníamos todos los riesgos, no había vacunas y aún así vino Alejandro González Iñárritu para celebrar los 20 años de Amores Perros. No podíamos dejar de hacerlo y aún en el 2021 había muchas restricciones, pero lo sacamos adelante”.

Pasada esta etapa para el mundo, que ha originado que en una buena medida el cine se vea en pantallas caseras, Daniela Michel prefiere ser optimista y pronostica un regreso masivo a las salas tradicionales.

“Ya lo estamos viendo, en esta edición muchas (funciones) de las películas están agotadas porque la gente está harta de no salir… yo creo que ir al cine seguirá siendo una buena costumbre”.



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Disponible en: Acast, Spotify, Apple Podcasts, Google Podcasts, Deezer y Amazon Music

MORELIA. Aunque el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) tuvo su primera edición en el 2003, se empezó a cocinar tres años antes con diferentes encuentros entre Daniela Michel, Alejandro Ramírez Magaña y Cuauhtémoc Cárdenas Batel. En entrevista exclusiva, la directora general de este encuentro que festeja dos décadas recuerda que fueron las Jornadas de Cortometraje Mexicano, organizadas por ella, sin más recursos que cinco mil dólares, lo que gestó la idea de hacer algo más grande con un solo objetivo: apoyar a los jóvenes cineastas mexicanos.

Hasta ese momento, el diagnóstico que Daniela había escuchado una y otra vez es que el cine nacional “ya se había muerto”, como lo repetían hasta el cansancio profesores, teóricos y críticos. En plan de rebeldía, organizó aquellas jornadas en su propia casa, aferrada a la idea de que algo se gestaba entre la juventud, un sector poblacional que en su mayoría no contaba con las opciones de estudiar una carrera cinematográfica.

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Fue así que le planteó a Alejandro Ramírez la idea de extender esos encuentros en un festival que tuviera como sede a la ciudad colonial de Morelia, cuya ubicación en el centro-occidente del país resultaba privilegiada para atraer al público. Además, era la sede de la cadena Cinépolis, propiedad de Alejandro, y su gobierno estaba en manos del izquierdista Lázaro Cárdenas Batel, que gustaba de apoyar proyectos artísticos y culturales.

Nació entonces un festival de prácticamente cortometrajes, pues en todo México apenas se habían concluido seis largometrajes y sólo una aceptó proyectarse en la capital michoacana: Nicotina, cuyo director Hugo Rodríguez fue invitado, pero se le olvidó presentarse.

Quien sí acudió fue la ya estrella mexicana Salma Hayek, al igual que el escritor y cineasta colombiano Fernando Vallejo y el laureado director y productor alemán Werner Herzog. También se pasearon por Morelia el iraní Barbet Schroeder y la actriz inglesa Julia Ormond, por lo que el festival ya nacía con buena estrella.

Para convencerlos recurrieron a todo, desde peticiones en el ámbito personal, hasta cartas tiradas al mar que por suerte tuvieron como respuesta el sí, pese a que era una primera edición.

“Previo al festival a pocos les interesaba el cine mexicano y mucho menos el trabajo que hacían los jóvenes en los cortometrajes; por eso le apostamos a ellos y con los años los hemos visto crecer, madurar, ganar premios en el extranjero”.

Tras esa primera edición realizada del 3 al 10 de octubre de 2003 el balance fue más que positivo, así que aquellos que no creyeron en el festival, lo tuvieron que hacer. “El objetivo se cumplió porque vinieron decenas de jóvenes a mostrar sus cortometrajes”, recuerda Daniela, quien no le resta importancia a los invitados que a partir de entonces han arribado a Morelia, pero destaca que lo primordial son los realizadores nóveles que vienen a mostrarse y competir.

En dos décadas, quienes organizan el FICM han visto cómo la tecnología ha sido primordial en la producción cinematográfica, y ven con buenos ojos que hacer películas ya no sea tan caro como a principios de siglo. “Ha crecido mucho, se transformó la industria, hay más estímulos fiscales y mayor participación de los medios”, dice Daniela, que sin embargo no olvida que en 1994 Carlos Carrera ya sorprendía al mundo y ganaba la Palma de Oro con Héroe, el cortometraje animado ambientado en el metro de la Ciudad de México.

Sin importar que hayan pasado tres administraciones federales, así como constantes cambios en el mandato estatal, el festival ha salido a flote “porque se organiza con pocos recursos y de manera eficiente”, dice su directora, quien agrega que en estas ediciones han sumado el apoyo de organizaciones internacionales e incluso de embajadas como la de Francia, Estados Unidos y España.

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Con ya miles de trabajos presentados en la pantalla grande, el festival se enfrentó a su momento más difícil con la llegada de la pandemia, que los obligó a mostrar las películas en línea durante 2020: “Teníamos todos los riesgos, no había vacunas y aún así vino Alejandro González Iñárritu para celebrar los 20 años de Amores Perros. No podíamos dejar de hacerlo y aún en el 2021 había muchas restricciones, pero lo sacamos adelante”.

Pasada esta etapa para el mundo, que ha originado que en una buena medida el cine se vea en pantallas caseras, Daniela Michel prefiere ser optimista y pronostica un regreso masivo a las salas tradicionales.

“Ya lo estamos viendo, en esta edición muchas (funciones) de las películas están agotadas porque la gente está harta de no salir… yo creo que ir al cine seguirá siendo una buena costumbre”.



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