/ domingo 26 de mayo de 2019

UE enfrenta el desafío de una nueva Europa

La votación para elegir los puestos parlamentarios del bloque provocará una recomposición crucial de los precarios equilibrios políticos dentro del continente

PARIS – Las elecciones para renovar el Parlamento Europeo reservarán más de una sorpresa y provocarán, sin duda, una recomposición crucial de los precarios equilibrios políticos que subsistían hasta ahora en el continente.

Los resultados de esa consulta iniciada el jueves pasado se conocerán esta noche. Pero desde ya es posible pronosticar que provocarán una conmoción en los 28 países miembros de la Unión Europea (UE).

Nada será igual en Europa después de la salida de Gran Bretaña de la UE. Ese proceso parece irreversible después del endurecimiento que provocarán la renuncia de la primera ministra Theresa May y la anunciada victoria electoral del flamante Partido del Brexit, fundado por Nigel Farage hace apenas tres meses. La salida británica amputará a la UE de un miembro incómodo pero poderoso —ex potencia imperial que dominó el mundo durante casi dos siglos— y que representa la tercera economía del bloque.

Cualquiera sea el dictamen de las urnas, la recomposición del tablero no se podrá hacer sin tener en cuenta el impacto del Brexit. Esas nuevas realidades condicionarán, en primer lugar, las delicadas negociaciones que comenzarán al más alto nivel para elegir a las nuevas autoridades que reemplazarán al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker; el titular del Consejo, Donald Tusk; la jefa de la diplomacia de Bruselas, Federica Mogherini; el jefe del Parlamento, Antonio Tajani, y el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi. Este año, por primera vez, la UE debe designar al responsable de la Fiscalía Europea, que tendrá las difíciles misiones de combatir el fraude, la corrupción, el blanqueo de capitales y los delitos fiscales intra-fronterizos.

No será fácil armar ese puzzle. Pero es imprescindible para recuperar la confianza de las sociedades, que se sienten frustradas por la indiferencia —supuesta o real— de la clase política. La profundización del abismo que existe entre los pueblos y las élites dirigentes es una de las razones que explican el vertiginoso crecimiento de la extrema derecha y el populismo, que comienzan a transformarse en una amenaza para la democracia.

Por lo pronto, los partidos tradicionales corren el riesgo de salir de las urnas debilitados por el crecimiento —acaso limitado— de las fuerzas euroscépticas. En dos países, los resultados de la extrema derecha serán particularmente significativos. La previsible victoria del Partido del Brexit no tendrá ninguna significación para el futuro del Parlamento Europeo, pues los 73 diputados de Farage se retirarán del hemiciclo de Estrasburgo cuando se concrete la salida británica de la UE. Pero que ese movimiento racista, xenófobo y euroescéptico sea la primera fuerza política de Gran Bretaña no presagia un futuro promisorio para ese país.

En Francia, si el partido de extrema derecha Reunificación Nacional (RN) obtiene el primer lugar tendrá un valor político limitado, pero consolidará a Marine Le Pen como líder de los movimientos de protesta. Ese fenómeno será tanto más significativo cuanto que coincide con una fragilización general de la izquierda: en dos años, desde la elección presidencial de 2016, la izquierda agudizó sus divisiones y su incapacidad para responder al nuevo clamor de las clases populares. Ese fenómeno afectó particularmente al Partido Socialista, el movimiento populista de izquierda La Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Melenchon y al Partido Comunista, sin hablar de la ultraizquierda, prácticamente laminada por los “chalecos amarillos” y otros movimientos populistas.

Los mismos riesgos también acechan a los socialdemócratas alemanes, aunque —paradójicamente— han favorecido a los partidos del mismo signo en España, Holanda, Portugal y en algunos países escandinavos.

Solo los ecologistas han conseguido fortalecerse en ese panorama de desaliento general.

Ese clima es más que una señal de alarma para los líderes de la UE, los nuevos diputados y los futuros dirigentes de Bruselas. Es un grito tan potente como un cuadro de Edvard Munch.

Ningún pretexto servirá ahora para evitar una profunda modernización de las instituciones y de los objetivos de la UE. El golpe asestado por el Brexit coincide con un momentum geopolítico extremadamente delicado que coloca a la UE frente a desafíos para los cuales no está preparada.

Atenazada por el duelo comercial y estratégico entre Estados Unidos y China, y cada vez más asediada por Rusia, Europa corre el riesgo de quedar marginada del mapa de las potencias mundiales. Para escapar a ese peligro, los 27 países que permanecerán en la UE después de la partida británica tendrán que definir políticas de largo plazo en materia económica, tecnológica, industrial, migratoria y medio ambiente. Incluso deberán reexaminar sus prioridades estratégicas. Todos los principios de seguridad colectiva fueron brutalmente cuestionados por Donald Trump desde su llegada a la Casa Blanca y han obligado a Europa a revisar sus círculos de interés en materia militar y de alianzas.

Si persiste en dejarse tentar por sus viejos demonios paralizantes, la UE corre un serio riesgo. Pero, si decide abordar esos desafíos con determinación, a lo mejor este periodo traumático permitirá el nacimiento de una nueva Europa.

PARIS – Las elecciones para renovar el Parlamento Europeo reservarán más de una sorpresa y provocarán, sin duda, una recomposición crucial de los precarios equilibrios políticos que subsistían hasta ahora en el continente.

Los resultados de esa consulta iniciada el jueves pasado se conocerán esta noche. Pero desde ya es posible pronosticar que provocarán una conmoción en los 28 países miembros de la Unión Europea (UE).

Nada será igual en Europa después de la salida de Gran Bretaña de la UE. Ese proceso parece irreversible después del endurecimiento que provocarán la renuncia de la primera ministra Theresa May y la anunciada victoria electoral del flamante Partido del Brexit, fundado por Nigel Farage hace apenas tres meses. La salida británica amputará a la UE de un miembro incómodo pero poderoso —ex potencia imperial que dominó el mundo durante casi dos siglos— y que representa la tercera economía del bloque.

Cualquiera sea el dictamen de las urnas, la recomposición del tablero no se podrá hacer sin tener en cuenta el impacto del Brexit. Esas nuevas realidades condicionarán, en primer lugar, las delicadas negociaciones que comenzarán al más alto nivel para elegir a las nuevas autoridades que reemplazarán al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker; el titular del Consejo, Donald Tusk; la jefa de la diplomacia de Bruselas, Federica Mogherini; el jefe del Parlamento, Antonio Tajani, y el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi. Este año, por primera vez, la UE debe designar al responsable de la Fiscalía Europea, que tendrá las difíciles misiones de combatir el fraude, la corrupción, el blanqueo de capitales y los delitos fiscales intra-fronterizos.

No será fácil armar ese puzzle. Pero es imprescindible para recuperar la confianza de las sociedades, que se sienten frustradas por la indiferencia —supuesta o real— de la clase política. La profundización del abismo que existe entre los pueblos y las élites dirigentes es una de las razones que explican el vertiginoso crecimiento de la extrema derecha y el populismo, que comienzan a transformarse en una amenaza para la democracia.

Por lo pronto, los partidos tradicionales corren el riesgo de salir de las urnas debilitados por el crecimiento —acaso limitado— de las fuerzas euroscépticas. En dos países, los resultados de la extrema derecha serán particularmente significativos. La previsible victoria del Partido del Brexit no tendrá ninguna significación para el futuro del Parlamento Europeo, pues los 73 diputados de Farage se retirarán del hemiciclo de Estrasburgo cuando se concrete la salida británica de la UE. Pero que ese movimiento racista, xenófobo y euroescéptico sea la primera fuerza política de Gran Bretaña no presagia un futuro promisorio para ese país.

En Francia, si el partido de extrema derecha Reunificación Nacional (RN) obtiene el primer lugar tendrá un valor político limitado, pero consolidará a Marine Le Pen como líder de los movimientos de protesta. Ese fenómeno será tanto más significativo cuanto que coincide con una fragilización general de la izquierda: en dos años, desde la elección presidencial de 2016, la izquierda agudizó sus divisiones y su incapacidad para responder al nuevo clamor de las clases populares. Ese fenómeno afectó particularmente al Partido Socialista, el movimiento populista de izquierda La Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Melenchon y al Partido Comunista, sin hablar de la ultraizquierda, prácticamente laminada por los “chalecos amarillos” y otros movimientos populistas.

Los mismos riesgos también acechan a los socialdemócratas alemanes, aunque —paradójicamente— han favorecido a los partidos del mismo signo en España, Holanda, Portugal y en algunos países escandinavos.

Solo los ecologistas han conseguido fortalecerse en ese panorama de desaliento general.

Ese clima es más que una señal de alarma para los líderes de la UE, los nuevos diputados y los futuros dirigentes de Bruselas. Es un grito tan potente como un cuadro de Edvard Munch.

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