/ miércoles 30 de septiembre de 2020

[Crónica] "La mala suerte no existe: lo que hay en Tabasco, es la envidia"

Jaime Noé Camacho Pérez dice ser un “guía espiritual”, que en pleno corazón de Villahermosa lo mismo lee la mano que la baraja española

Son las 11:38 horas de una mañana de quincena, en pleno corazón de una Villahermosa que parece salida de un universo paralelo. Una ciudad capital de un estado en el que en todas partes se usa cubrebocas y se sanitiza, pero que, contradictoriamente, ya va por los casi cuarenta mil casos positivos de Covid-19 y las tres mil defunciones.

"¿Mala suerte? ¿Busca quitarse la mala suerte?" se escucha la pregunta en voz de quien busca atraer algún cliente, entre las personas que a esa hora deambulan por la séptima calle de Madero, entre Sánchez Magallanes y Méndez.

"La mala suerte no existe... lo que existe en Tabasco es la envidia. Si tú te das cuenta, caras vemos, pero corazones no sabemos. Hay quien te habla muy bonito con los labios, pero que te destroza por la espalda, y hasta con el solo pensamiento. En el interior de uno, todo es diferente, pero eso las personas normales no lo pueden conocer", dice Jaime Noé Camacho Pérez, tabasqueño alto, enjuto, de cabello entrecano y porte un tanto desgarbado.

Jaime sólo precisa una mesita plegable forrada de azul, sobre la que descansan algunas pequeñas imágenes.

¿Cómo se le llama a lo que usted hace? pregunto. Sus servicios tienen muchos nombres, pero en su caso, colocarle sólo una etiqueta sería pecar de inexactitud.

La pregunta queda un poco en el aire. "¿Vidente? ¿Merolico? ¿Mercachifle? ¿Esoterista? ¿Taumaturgo? ¿Mago? ¿Mentalista?... "

—Soy un guía espiritual —señala finalmente Jaime, con estudiada convicción.

"Leo también la palma de la mano. La baraja española. Hago trabajos espirituales. Cualquier duda que usted tenga con respecto a su vida, a su alma, yo se la resuelvo".

Antes de abordarlo, atiende a una mujer que se acerca, interesada en lo que su destino pudiera estarle deparando, durante el último trecho de este año cargado de calamidades, sorpresas y presagios.

Por toda herramienta de trabajo, Jaime sólo precisa una mesita plegable forrada de azul, sobre la que descansan algunas pequeñas imágenes, dos pirámides y un puñado de piedrecillas, principalmente blancas.

"A la persona que está interesada en mis servicios, yo le entrego un cuarzo. Le indicó con qué monte (hierbas) se va a bañar, qué esencias, qué sales tendrá que utilizar según su problema. ¿Sí me hago entender?", pregunta.

"Desde muy pequeño poseo estas dotes. Diría yo que de nacimiento. Mis varones protectores son San Judas Tadeo, San Benito y San Miguel Arcángel", dice mostrando las viejas figurillas que reposan sobre la mesa.

"Si tú te das cuenta, hace rato unos clientes me preguntaron por la Santa Muerte. La traigo porque forma parte de mi concepción del universo, como un todo, ¿verdad? Aquí me refiero en base a dos puntos, a una dualidad: lo negativo y lo positivo".

Jaime habla con el cubrabocas puesto. Un cubrebocas rojo, igual que el paliacate que le sirve para poner las monedas y para echar las suertes. La clienta que atendía se va sin animarse a dejar alguna retribución por las palabras y el tiempo que el autodenominado guía espiritual le dedicó.

"Lo negativo nunca te deja nada bueno, eso tú y yo lo sabemos. El que tiene fe, y el que tiene la voluntad de salir adelante, lo logra, porque no hay fuerza más grande y más poderosa y divina en este mundo que la de Dios", fustiga con convicción. Su circunloquio parece bastante estudiado, nunca se sale del guion pero al mismo tiempo parece esforzarse por leer a su interlocutor en busca de señales, revelaciones que le muestren un poco sobre la naturaleza de la persona que requiere su ayuda. Él señala que es tan solo un intermediario entre las potencias y el hombre.

"A la Santa Muerte puedes pedirle favores, claro que puedes. Pero no le prometas nada si no vas a cumplírselo... Es peligroso. Porque ella no es vengativa, sino justa. Ella no es mala, como piensa la mayoría de la gente. Ella es una fuerza de la naturaleza, una potestad del mundo espiritual. El problema es que mucha gente la utiliza para hacer cosas malas...", sentencia.

"La pandemia sí nos pegó fuerte, casi no se acercaba la gente porque no se puede salir, pero ahorita ya estamos otra vez, con el favor de Dios". Cuenta que pese a lo metafísico que puede ser su trabajo, tiene muy mundanas preocupaciones, como todos los demás: esposa, hijos que mantener, cuentas por pagar...

Y al final, me lanza una de sus interpretaciones: "De ti percibo buena vibra, reportero... se ve que eres una persona muy positiva... también percibo que andas muy bien en el amor, ¡muy bien, eres muy amado! pero cuídate de las envidias, que también tienes muchas. Si quieres te explico cómo hacer un bálsamo", señala, sonriente.

Lo negativo nunca te deja nada bueno, eso tú y yo lo sabemos. El que tiene fe, y el que tiene la voluntad de salir adelante, lo logra, porque no hay fuerza más grande y más poderosa y divina en este mundo que la de Dios






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Son las 11:38 horas de una mañana de quincena, en pleno corazón de una Villahermosa que parece salida de un universo paralelo. Una ciudad capital de un estado en el que en todas partes se usa cubrebocas y se sanitiza, pero que, contradictoriamente, ya va por los casi cuarenta mil casos positivos de Covid-19 y las tres mil defunciones.

"¿Mala suerte? ¿Busca quitarse la mala suerte?" se escucha la pregunta en voz de quien busca atraer algún cliente, entre las personas que a esa hora deambulan por la séptima calle de Madero, entre Sánchez Magallanes y Méndez.

"La mala suerte no existe... lo que existe en Tabasco es la envidia. Si tú te das cuenta, caras vemos, pero corazones no sabemos. Hay quien te habla muy bonito con los labios, pero que te destroza por la espalda, y hasta con el solo pensamiento. En el interior de uno, todo es diferente, pero eso las personas normales no lo pueden conocer", dice Jaime Noé Camacho Pérez, tabasqueño alto, enjuto, de cabello entrecano y porte un tanto desgarbado.

Jaime sólo precisa una mesita plegable forrada de azul, sobre la que descansan algunas pequeñas imágenes.

¿Cómo se le llama a lo que usted hace? pregunto. Sus servicios tienen muchos nombres, pero en su caso, colocarle sólo una etiqueta sería pecar de inexactitud.

La pregunta queda un poco en el aire. "¿Vidente? ¿Merolico? ¿Mercachifle? ¿Esoterista? ¿Taumaturgo? ¿Mago? ¿Mentalista?... "

—Soy un guía espiritual —señala finalmente Jaime, con estudiada convicción.

"Leo también la palma de la mano. La baraja española. Hago trabajos espirituales. Cualquier duda que usted tenga con respecto a su vida, a su alma, yo se la resuelvo".

Antes de abordarlo, atiende a una mujer que se acerca, interesada en lo que su destino pudiera estarle deparando, durante el último trecho de este año cargado de calamidades, sorpresas y presagios.

Por toda herramienta de trabajo, Jaime sólo precisa una mesita plegable forrada de azul, sobre la que descansan algunas pequeñas imágenes, dos pirámides y un puñado de piedrecillas, principalmente blancas.

"A la persona que está interesada en mis servicios, yo le entrego un cuarzo. Le indicó con qué monte (hierbas) se va a bañar, qué esencias, qué sales tendrá que utilizar según su problema. ¿Sí me hago entender?", pregunta.

"Desde muy pequeño poseo estas dotes. Diría yo que de nacimiento. Mis varones protectores son San Judas Tadeo, San Benito y San Miguel Arcángel", dice mostrando las viejas figurillas que reposan sobre la mesa.

"Si tú te das cuenta, hace rato unos clientes me preguntaron por la Santa Muerte. La traigo porque forma parte de mi concepción del universo, como un todo, ¿verdad? Aquí me refiero en base a dos puntos, a una dualidad: lo negativo y lo positivo".

Jaime habla con el cubrabocas puesto. Un cubrebocas rojo, igual que el paliacate que le sirve para poner las monedas y para echar las suertes. La clienta que atendía se va sin animarse a dejar alguna retribución por las palabras y el tiempo que el autodenominado guía espiritual le dedicó.

"Lo negativo nunca te deja nada bueno, eso tú y yo lo sabemos. El que tiene fe, y el que tiene la voluntad de salir adelante, lo logra, porque no hay fuerza más grande y más poderosa y divina en este mundo que la de Dios", fustiga con convicción. Su circunloquio parece bastante estudiado, nunca se sale del guion pero al mismo tiempo parece esforzarse por leer a su interlocutor en busca de señales, revelaciones que le muestren un poco sobre la naturaleza de la persona que requiere su ayuda. Él señala que es tan solo un intermediario entre las potencias y el hombre.

"A la Santa Muerte puedes pedirle favores, claro que puedes. Pero no le prometas nada si no vas a cumplírselo... Es peligroso. Porque ella no es vengativa, sino justa. Ella no es mala, como piensa la mayoría de la gente. Ella es una fuerza de la naturaleza, una potestad del mundo espiritual. El problema es que mucha gente la utiliza para hacer cosas malas...", sentencia.

"La pandemia sí nos pegó fuerte, casi no se acercaba la gente porque no se puede salir, pero ahorita ya estamos otra vez, con el favor de Dios". Cuenta que pese a lo metafísico que puede ser su trabajo, tiene muy mundanas preocupaciones, como todos los demás: esposa, hijos que mantener, cuentas por pagar...

Y al final, me lanza una de sus interpretaciones: "De ti percibo buena vibra, reportero... se ve que eres una persona muy positiva... también percibo que andas muy bien en el amor, ¡muy bien, eres muy amado! pero cuídate de las envidias, que también tienes muchas. Si quieres te explico cómo hacer un bálsamo", señala, sonriente.

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