/ miércoles 15 de julio de 2020

CRÓNICA: “Ahí refrigeran a los muertitos del Rovirosa”

Los pacientes con problemas respiratorios no dejan de arribar al hospital, mientras el motor del frigo-tráiler trabaja sin cesar

1

Cuatro pacientes cada media ahora, aproximadamente. Es la cantidad de personas cuyo arribo, por un medio o por otro, fue posible constatar en la carpa para la Atención de Enfermedades Respiratorias del Hospital “Dr. Gustavo A. Rovirosa Pérez” de Villahermosa, Tabasco. Ahí, son ingresadas a través de la puerta de la Unidad de Cirugía Ambulatoria, donde se atiende a las personas infectadas con SARS-CoV2.

El primer arribo que se observa es el de una mujer, adulta mayor, que baja de un taxi de los amarillos, ayudada por dos hombres jóvenes que la sostienen por los brazos. Todos usan cubrebocas. Ella, apenas se tiene en pie; con sus movimientos, ellos denotan lo mismo apremio que angustia. De inmediato el policía de la entrada les franquea el paso.

Minutos más tarde, otro paciente, esta vez un hombre adulto, se baja de una camioneta particular tratando de acallar un sonoro acceso de tos; se despide del conductor agitando la mano que no ocupa para taparse la boca, e ingresa.

Casi inmediatamente, la sirena de una ambulancia rompe la tranquilidad de los testigos involuntarios (familiares de pacientes que aguardan, entre pensativos y aburridos, bajo la sombra de los árboles del camellón) y entra a través del portón que le abren de par en par, para poder recibir al pasajero enfermo.

El último en llegar es un señor de overol café y botas de trabajo que, sin más, de pronto aparece en el área de acceso para luego internarse en las profundidades, sigiloso y taciturno, solitario como una sombra o un fantasma.

La sirena de una ambulancia rompe la tranquilidad de los testigos involuntarios.

2

No muy lejos, se escucha el ruido de un motor que no para, y cuyo rumor no se ha apagado desde hace ya cinco días: se trata de un tráiler de refrigeración destinado a almacenar los cadáveres de los pacientes fallecidos a consecuencia de la pandemia.

Me acerco para preguntarle a uno de los guardias que camina calle abajo, rumbo a la entrada principal del hospital, pero este se niega a hablar abiertamente con la prensa.

—No es que lo tenga prohibido, pero no quiero problemas. Además ahí está la Policía —dice refiriéndose a los elementos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) que se encuentran comisionados en la zona, para resguardo del nosocomio.

Cerca de ahí, frente a la entrada del hospital, un puesto callejero de tacos funciona y expende alimentos sin ninguna clase de protección sanitaria, justo en la misma banqueta en la que se encuentran una funeraria y una farmacia, puntos de alta posibilidad de contagio, si nos atenemos a las recomendaciones de las autoridades.

Un taquero que sin tomar medidas, sigue la venta como si nada.

En la radio se escucha que el Gobernador Adán Augusto López Hernández nuevamente exhortó a los tabasqueños a "hacer conciencia sobre la gravedad de la enfermedad y colaborar respetando las medidas de seguridad e higiene".

Las funerarias cercanas al hospital.

Sin embargo en aquella zona la insalubridad es evidente; basura por doquier, familiares de pacientes hacinados, olvidando la "sana distancia" y sin cubrebocas, e incluso restos de batas quirúrgicas usadas, tiradas afuera del nosocomio.

3

—En ese tráiler es donde refrigeran a los muertitos —dice el trabajador, y luego, un tanto macabramente, señala: —le caben más de los que deberían. Muy feo que está eso del Covi, muy feo... —repite. Luego se adentra para seguir paleando los desechos de unas reparaciones que han hecho a uno de los edificios, para luego subirlos a una camioneta.

Restos de batas quirúrgicas usadas se encuentran en la vía pública.


No muy lejos de ahí se encuentran un par de uniformados de la SSPC. Les pregunto si es verdad que tienen órdenes de resguardar de la Prensa las instalaciones del nosocomio, como señaló el guardia. Uno de ellos se acerca para responder amablemente a través de la reja. El otro se aleja y se pone su pasamontañas.

—La verdad no sabría decirle si existe alguna restricción...

—No tiene usted ninguna instrucción al respecto?

—No, no tengo ninguna instrucción al respecto...

A sólo unos metros de donde se desarrolla este diálogo, se encuentra el almacén de Residuos Peligrosos Biológicos Infecciosos (RPBI). Es prácticamente un tiradero a cielo abierto, tan sólo separado de la calle por una reja.

Las bolsas de color rojo intenso que ostentan el símbolo internacional de peligro sanitario se apilan y salen de una una caseta que ya es insuficiente para contener estos paquetes de desechos humanos, tales como tejidos, sangre y otros líquidos, así como miembros, vísceras y amputaciones.

Nada de eso está "resguardado" y no parece ser de particular interés para nadie el hecho de que estén ahí.

Con 296 casos nuevos confirmados y 25 fallecimientos en las últimas 24 horas Tabasco forma parte de los estado en donde el semáforo del Covid-19 continúa en rojo.

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Cuatro pacientes cada media ahora, aproximadamente. Es la cantidad de personas cuyo arribo, por un medio o por otro, fue posible constatar en la carpa para la Atención de Enfermedades Respiratorias del Hospital “Dr. Gustavo A. Rovirosa Pérez” de Villahermosa, Tabasco. Ahí, son ingresadas a través de la puerta de la Unidad de Cirugía Ambulatoria, donde se atiende a las personas infectadas con SARS-CoV2.

El primer arribo que se observa es el de una mujer, adulta mayor, que baja de un taxi de los amarillos, ayudada por dos hombres jóvenes que la sostienen por los brazos. Todos usan cubrebocas. Ella, apenas se tiene en pie; con sus movimientos, ellos denotan lo mismo apremio que angustia. De inmediato el policía de la entrada les franquea el paso.

Minutos más tarde, otro paciente, esta vez un hombre adulto, se baja de una camioneta particular tratando de acallar un sonoro acceso de tos; se despide del conductor agitando la mano que no ocupa para taparse la boca, e ingresa.

Casi inmediatamente, la sirena de una ambulancia rompe la tranquilidad de los testigos involuntarios (familiares de pacientes que aguardan, entre pensativos y aburridos, bajo la sombra de los árboles del camellón) y entra a través del portón que le abren de par en par, para poder recibir al pasajero enfermo.

El último en llegar es un señor de overol café y botas de trabajo que, sin más, de pronto aparece en el área de acceso para luego internarse en las profundidades, sigiloso y taciturno, solitario como una sombra o un fantasma.

La sirena de una ambulancia rompe la tranquilidad de los testigos involuntarios.

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No muy lejos, se escucha el ruido de un motor que no para, y cuyo rumor no se ha apagado desde hace ya cinco días: se trata de un tráiler de refrigeración destinado a almacenar los cadáveres de los pacientes fallecidos a consecuencia de la pandemia.

Me acerco para preguntarle a uno de los guardias que camina calle abajo, rumbo a la entrada principal del hospital, pero este se niega a hablar abiertamente con la prensa.

—No es que lo tenga prohibido, pero no quiero problemas. Además ahí está la Policía —dice refiriéndose a los elementos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) que se encuentran comisionados en la zona, para resguardo del nosocomio.

Cerca de ahí, frente a la entrada del hospital, un puesto callejero de tacos funciona y expende alimentos sin ninguna clase de protección sanitaria, justo en la misma banqueta en la que se encuentran una funeraria y una farmacia, puntos de alta posibilidad de contagio, si nos atenemos a las recomendaciones de las autoridades.

Un taquero que sin tomar medidas, sigue la venta como si nada.

En la radio se escucha que el Gobernador Adán Augusto López Hernández nuevamente exhortó a los tabasqueños a "hacer conciencia sobre la gravedad de la enfermedad y colaborar respetando las medidas de seguridad e higiene".

Las funerarias cercanas al hospital.

Sin embargo en aquella zona la insalubridad es evidente; basura por doquier, familiares de pacientes hacinados, olvidando la "sana distancia" y sin cubrebocas, e incluso restos de batas quirúrgicas usadas, tiradas afuera del nosocomio.

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—En ese tráiler es donde refrigeran a los muertitos —dice el trabajador, y luego, un tanto macabramente, señala: —le caben más de los que deberían. Muy feo que está eso del Covi, muy feo... —repite. Luego se adentra para seguir paleando los desechos de unas reparaciones que han hecho a uno de los edificios, para luego subirlos a una camioneta.

Restos de batas quirúrgicas usadas se encuentran en la vía pública.


No muy lejos de ahí se encuentran un par de uniformados de la SSPC. Les pregunto si es verdad que tienen órdenes de resguardar de la Prensa las instalaciones del nosocomio, como señaló el guardia. Uno de ellos se acerca para responder amablemente a través de la reja. El otro se aleja y se pone su pasamontañas.

—La verdad no sabría decirle si existe alguna restricción...

—No tiene usted ninguna instrucción al respecto?

—No, no tengo ninguna instrucción al respecto...

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