/ jueves 6 de mayo de 2021

"Abandoné Tabasco por problemas con mi padre": Miguel Ángel

El tabasqueño oriundo de Nacajuca, que atestiguó el desplome de la Línea 12 del Metro en la CDMX, narró en entrevista el recorrido de su vida en varios estados del país

Miguel Ángel Córdova Córdova, el joven en situación de calle que se volvió viral luego de compartir su testimonio respecto al desplome de la Línea 12 del Metro, ocurrida la noche del pasado martes en la Ciudad de México, fue entrevistado por el diario digital #RuidoEnLaRed, al cual narró su historia de vida.

Oriundo de la comunidad de Olcuatitán, en el municipio de Nacajuca, Tabasco, Angie, como es conocido, abandonó su tierra natal a los seis años de edad por cuestiones personales con su padre, motivo por el cual no le gusta que le llamen por su primer nombre, ya que le trae malos recuerdos; en cambio, prefiere que lo nombren Angie, en homenaje a su abuela Angélica.

"Yo me llamo Miguel Ángel Córdova Córdova, soy de un pueblo llamado Olcuatitán, en el municipio de Nacajuca, Tabasco; vengo de una familia de nueve hermanos, mi papá ya murió, mi mamá se llama, porque todavía vive, no me gusta hablar de ella, pero se llama Micaela Córdova Bernardo, si aún mis hermanos se acuerdan de mi, les mando muchas bendiciones. Yo salí de Tabasco a los seis años de edad, pasaron cosas personales en mi vida con mi papá, que no me gusta hablar de ellos porque me duele mucho pero todavía no lo saco de mi cerebro", expresa el muchacho de 36 años.

Sobre su abuelita, expuso: “Angélica Bernardo Esteban, mi abuela Angy, una hermosura de mujer, ella era de Veracruz, se fue a vivir a Tabasco porque se casó, yo no lo conocí a mi abuelo, pero se llamaba Jacinto Córdova García, mi abuelo no sabía leer, hablaba chontal como hablo yo, mi lengua natal".

La tristeza la llevo por dentro, hay cosas que el cerebro nunca olvida, pero dice un dicho ‘ni le hagas tanto caso a tu motor, ni a tu cerebro, porque éste con éste se pelean cada rato, dale por su lado a cada quien y sigue moviendo el esqueleto

El joven narró que fue precisamente su abuela quien lo enseñó a tejer, lo que le permitió hacer hamacas junto con su madre. También reveló que habla varias lenguas: chontal, zoque, zapoteco, mazateco y español.

Comparte que viajó en un tráiler hasta el lago de Texcoco, donde el conductor lo dejó y le dio un billete de 10 pesos, con lo que compró un refresco y galletas de animalitos; el chofer le dejó la promesa de un reencontrarse para comprarle su propio tráiler y darle trabajo… Nunca lo volvió a ver.

“Mi vida siempre ha sido sobrevivir (...) siempre sin hacer daño a nadie”, señaló. Viajó de Texcoco a Salamanca, en el estado de Guanajuato, en donde trabajó en la lavandería del asilo para ancianos del municipio. En ese lugar recuerda momentos muy felices; aficionado a la lectura, se iba a la biblioteca del asilo para “devorar” los libros de Sor Juana Inés de la Cruz o Teresa de Ávila.

A los 16 años se mudó a Tijuana, en donde trabajó dos meses dándole de comer a puercos en un criadero de 90 cerdos, por lo cual le pagaban diez pesos diarios. Luego, en un jaripeo de Monterrey, conoció a la cantante Ana Bárbara, con quien asegura que vivió experiencias hermosas, y a quien se refiere como su gran madre.

Posteriormente, el muchacho viajó hasta las playas de Nayarit, donde sobrevivía vendiendo pulseras fabricadas con corcholatas y caracolitos que se encontraba en la arena. Pero después, se mudó del lugar. Cuenta que después de cierto tiempo en un sólo lugar, comienza a sentir miedo: “siento que la gente me está viendo a cada rato y me vayan a hacer algo, y decido moverme”.

Después de esto, se movió a la Ciudad de México, en donde vive desde hace más de 10 años, recogiendo botellas de plástico por las calles de Tláhuac para venderlas y comprar los dos tacos de chile, limón y sal que come al día, acompañados de un Tang o un Zuco, y afirma sentirse feliz.

Al tiempo que admite: “La tristeza la llevo por dentro, hay cosas que el cerebro nunca olvida, pero dice un dicho ‘ni le hagas tanto caso a tu motor, ni a tu cerebro, porque éste con éste se pelean cada rato, dale por su lado a cada quien y sigue moviendo el esqueleto".

Angie se dice amante de la música de Amanda Miguel, de Rocío Jurado y películas de la India María, Cantinflas, entre otros.

Compartió que la canción que le da fuerzas cada día es “Con las alas rotas”, de la cantante y compositora Prisma.

Aunque el hombre que vive en situación de calle se esfuerza en mantener una actitud positiva ante la vida, admite que hay situaciones que le causan frustración: “lo único que a mí siempre me ha causado una gran molestia es cuando llegan los momentos en que se olvida la sociedad completa, nos olvidamos como seres humanos, de que también hay otros más abajo”. No nos podemos hacer de la vista gorda de los que están más abajo; también somos seres humanos, también sentimos”.

A quienes lo buscaron después de su aparición inicial como uno de los testigos de la tragedia de la L12, le envía sus agradecimientos: “la vida es bella, es hermosa; estamos pasando una situación muy difícil, pero debemos unirnos. Si todavía queda un huequito de espacio se los digo, ando solito, pero gracias por esa muestra de cariño, por hacerme sentir que aún vivo y soy parte de la sociedad”.

Miguel Ángel Córdova Córdova, el joven en situación de calle que se volvió viral luego de compartir su testimonio respecto al desplome de la Línea 12 del Metro, ocurrida la noche del pasado martes en la Ciudad de México, fue entrevistado por el diario digital #RuidoEnLaRed, al cual narró su historia de vida.

Oriundo de la comunidad de Olcuatitán, en el municipio de Nacajuca, Tabasco, Angie, como es conocido, abandonó su tierra natal a los seis años de edad por cuestiones personales con su padre, motivo por el cual no le gusta que le llamen por su primer nombre, ya que le trae malos recuerdos; en cambio, prefiere que lo nombren Angie, en homenaje a su abuela Angélica.

"Yo me llamo Miguel Ángel Córdova Córdova, soy de un pueblo llamado Olcuatitán, en el municipio de Nacajuca, Tabasco; vengo de una familia de nueve hermanos, mi papá ya murió, mi mamá se llama, porque todavía vive, no me gusta hablar de ella, pero se llama Micaela Córdova Bernardo, si aún mis hermanos se acuerdan de mi, les mando muchas bendiciones. Yo salí de Tabasco a los seis años de edad, pasaron cosas personales en mi vida con mi papá, que no me gusta hablar de ellos porque me duele mucho pero todavía no lo saco de mi cerebro", expresa el muchacho de 36 años.

Sobre su abuelita, expuso: “Angélica Bernardo Esteban, mi abuela Angy, una hermosura de mujer, ella era de Veracruz, se fue a vivir a Tabasco porque se casó, yo no lo conocí a mi abuelo, pero se llamaba Jacinto Córdova García, mi abuelo no sabía leer, hablaba chontal como hablo yo, mi lengua natal".

La tristeza la llevo por dentro, hay cosas que el cerebro nunca olvida, pero dice un dicho ‘ni le hagas tanto caso a tu motor, ni a tu cerebro, porque éste con éste se pelean cada rato, dale por su lado a cada quien y sigue moviendo el esqueleto

El joven narró que fue precisamente su abuela quien lo enseñó a tejer, lo que le permitió hacer hamacas junto con su madre. También reveló que habla varias lenguas: chontal, zoque, zapoteco, mazateco y español.

Comparte que viajó en un tráiler hasta el lago de Texcoco, donde el conductor lo dejó y le dio un billete de 10 pesos, con lo que compró un refresco y galletas de animalitos; el chofer le dejó la promesa de un reencontrarse para comprarle su propio tráiler y darle trabajo… Nunca lo volvió a ver.

“Mi vida siempre ha sido sobrevivir (...) siempre sin hacer daño a nadie”, señaló. Viajó de Texcoco a Salamanca, en el estado de Guanajuato, en donde trabajó en la lavandería del asilo para ancianos del municipio. En ese lugar recuerda momentos muy felices; aficionado a la lectura, se iba a la biblioteca del asilo para “devorar” los libros de Sor Juana Inés de la Cruz o Teresa de Ávila.

A los 16 años se mudó a Tijuana, en donde trabajó dos meses dándole de comer a puercos en un criadero de 90 cerdos, por lo cual le pagaban diez pesos diarios. Luego, en un jaripeo de Monterrey, conoció a la cantante Ana Bárbara, con quien asegura que vivió experiencias hermosas, y a quien se refiere como su gran madre.

Posteriormente, el muchacho viajó hasta las playas de Nayarit, donde sobrevivía vendiendo pulseras fabricadas con corcholatas y caracolitos que se encontraba en la arena. Pero después, se mudó del lugar. Cuenta que después de cierto tiempo en un sólo lugar, comienza a sentir miedo: “siento que la gente me está viendo a cada rato y me vayan a hacer algo, y decido moverme”.

Después de esto, se movió a la Ciudad de México, en donde vive desde hace más de 10 años, recogiendo botellas de plástico por las calles de Tláhuac para venderlas y comprar los dos tacos de chile, limón y sal que come al día, acompañados de un Tang o un Zuco, y afirma sentirse feliz.

Al tiempo que admite: “La tristeza la llevo por dentro, hay cosas que el cerebro nunca olvida, pero dice un dicho ‘ni le hagas tanto caso a tu motor, ni a tu cerebro, porque éste con éste se pelean cada rato, dale por su lado a cada quien y sigue moviendo el esqueleto".

Angie se dice amante de la música de Amanda Miguel, de Rocío Jurado y películas de la India María, Cantinflas, entre otros.

Compartió que la canción que le da fuerzas cada día es “Con las alas rotas”, de la cantante y compositora Prisma.

Aunque el hombre que vive en situación de calle se esfuerza en mantener una actitud positiva ante la vida, admite que hay situaciones que le causan frustración: “lo único que a mí siempre me ha causado una gran molestia es cuando llegan los momentos en que se olvida la sociedad completa, nos olvidamos como seres humanos, de que también hay otros más abajo”. No nos podemos hacer de la vista gorda de los que están más abajo; también somos seres humanos, también sentimos”.

A quienes lo buscaron después de su aparición inicial como uno de los testigos de la tragedia de la L12, le envía sus agradecimientos: “la vida es bella, es hermosa; estamos pasando una situación muy difícil, pero debemos unirnos. Si todavía queda un huequito de espacio se los digo, ando solito, pero gracias por esa muestra de cariño, por hacerme sentir que aún vivo y soy parte de la sociedad”.

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