/ sábado 18 de junio de 2022

Paul McCartney, el caballero Beatle al que declararon muerto cuando nació

Hoy, Paul McCartney, columna vertebral del Cuarteto de Liverpool, cumple 80 años, proeza alcanzada por quien llegó a este mundo asfixiado 

Como muchos niños nacidos durante la Segunda Guerra Mundial, Paul McCartney vio la luz en condiciones atípicas. Durante el parto, el médico pensó en declararlo muerto. Había nacido asfixiado; era cuestión de minutos para que dejara de respirar. Pero su madre, una irlandesa católica, y la partera, otra católica ferviente, rezaron.

El pequeño Paul sobrevivió. Su nacimiento selló el amor de sus padres, Mary y James, dos "solterones" que se conocieron durante un bombardeo nazi en Liverpool. Fue en un refugio subterráneo, entre sirenas y paredes de acero, que germinó la semilla de la familia McCartney.

Poseedor de una labia incomparable, Paul sorprendía a sus maestros por su liderazgo, carácter que después le serviría para convertirse en la columna vertebral de The Beatles, cuya existencia hubiese sido mucho más corta sin la intervención de aquel niño que, gracias a sus modales y sus tretas, escapaba de las nalgadas de su padre.

La vida del niño Paul —contada por Philip Norman en Paul McCartney. La biografía (2016)— es una antesala para entender la gran mansión emocional en la que ha vivido el bajista a lo largo de sus 80 años, que cumple este sábado 18 de junio.

A menudo se concibe a McCartney como el gran estereotipo del caballero inglés: pulcro, sofisticado y con un humor puntilloso pero refinado. Es Sir Paul McCartney desde que la reina Isabel, hace 25 años, así lo nombró. Y ni hablar de su dinero: Forbes le calcula una fortuna de mil 200 millones de dólares.

Sin embargo, poco se ha dicho sobre su verdadero origen familiar que, en sí mismo, es una transgresión. Sus líneas materna y paterna provienen de las regiones más pobres de Irlanda. A finales del siglo XIX, sus bisabuelos cruzaron las fronteras hacia Inglaterra en busca de trabajo, aunque eso implicara renunciar a su tierra, siempre recelosa de las costumbres y desconfiada de los ingleses, quienes representaban los aires imperiales que tanto despreciaban los irlandeses de clase trabajadora.

“James McCartney (su bisabuelo paterno) fue uno de los muchos que cruzaron el mar de Irlanda y llegaron a Liverpool, cuyo abarrotado puerto y sus fábricas confirmaban la aseveración de que era la segunda ciudad del Imperio Británico”, escribe Norman.

Ya asentados en Solva Street, la zona más pobre de Everton, los McCartney tuvieron hijos y nietos. Uno de ellos fue James, el papá de Paul, quien conoció la pobreza de primera mano. Entre él y sus hermanos debían repartirse los únicos dos pares de zapatos que tenían. Y como en Inglaterra estaba prohibido tomar clases descalzo, sólo un McCartney podía ir al colegio. Entonces iba, aprendía, apuntaba y, al llegar a casa, enseñaba las lecciones a sus hermanos.

“A pesar de la pobreza extrema de la familia y de las numerosas influencias dudosas del vecindario, James se convirtió en una persona honrada, modesta y puntillosamente cortés, lo que hizo que hasta sus propios hermanos lo llamaran El Caballero”, recuerda Norman. “Todos sus profesores lo amaban (al padre de Paul McCartney). Su única desventura durante la infancia fue caerse de una pared a los 10 años y dañarse el tímpano derecho, lo cual lo dejó con sordera permanente en ese oído”. Una verdadera tragedia para quien le encantaba tocar instrumentos de viento en una orquesta de swing: la historia del músico frustrado otra vez. Sin embargo, lo que no sabía James era que, años después, tendría un hijo con sus mismos modales, pero con un oído distinto.

Una familia peculiar

No toda la familia McCartney era ejemplar. De parte de su madre venían los Mohan, una familia irlandesa con gran afición por el juego y la bebida.

El desempleo los hizo emigrar. Su fama era tan desafortunada que prefirieron cambiarse el apellido a Mohin, para sonar menos irlandeses. Owen, el abuelo de Paul, era repartidor de carbón. Sus tíos eran un ejército de gente trabajadora, pero con mañas peculiares, como las del tío Will Stapleton, un camarero de barcos que robaba muchas cosas de los navíos en los que trabajaba. Un buen día fue capturado por robarle 500 libras a un pasajero en un crucero hacia África. Por ese delito pagó tres años en prisión. Tuvo que pasar medio siglo para que otro miembro de la familia, Paul, el Beatle de cara inocentona, estuviera tras las rejas en Japón por posesión de mariguana.

Los padres de Paul, James y Mary, también conformaron un matrimonio espurio. Al menos para la época. Ella era católica; él, protestante. Algo que no era muy bien visto entre las costumbres irlandesas. En Irlanda, las diferencias entre católicos y protestantes solían llegar a los golpes. O hasta la muerte.

Paul, al final, fue educado bajo los preceptos católicos por una razón muy sencilla: fue católico el rezo que lo "revivió" durante sus primeros segundos de nacido. A su padre protestante le dio igual: su verdadera religión era la música, que nunca pudo practicar de tiempo completo por tener que trabajar y por su sordera parcial.

¿El cursi de Los Beatles?

Aunque a menudo se cree que Paul McCartney fue el autor de las canciones más melosas del Cuarteto de Liverpool, la realidad es que la capacidad artística del bajista va mucho más allá de componer bellas melodías que tararean las tías.

El estereotipo Beatle siempre ha sido tan inamovible como impreciso: John Lennon representa la rebeldía y el coraje; George Harrison, la espiritualidad y la sofisticación; Ringo Starr, la diversión y la simpatía, y Paul McCartney, el liderazgo y el sentimentalismo.

“La realidad, sin embargo, es muy distinta. Es una evolución muy clara la que hay desde el grupo original, que era el grupo de John Lennon, al final del grupo, que es cuando toma el timón Paul McCartney”, observa el crítico musical Óscar Sarquiz.

El periodista Philip Norman no tiene la menor duda: Paul fue la columna que mantuvo en pie a los Beatles por varias razones. Su liderazgo nato fue una de ellas. Pero también su sentido administrativo; al final gracias a él, el grupo no siguió siendo estafado por los hombres de cuello blanco. “De algún modo Paul acabó siendo el más práctico y el más proactivo de todos”, reconoce Sarquiz.

“La gran cualidad de Paul fue su versatilidad, porque él hizo desde cosas muy elementales deliberadamente, hasta intentar música de concierto con su oratorio. Lo más importante es que realmente siempre ha estado muy abierto a todo tipo de influencias, que asimila y luego presenta un producto ejemplar”, afirma Sarquiz, también locutor del Instituto Mexicano de la Radio (IMER).

“El estereotipo derivado de la rivalidad Lennon-McCartney ha provocado que mucha gente piense que Paul componía las melodías ligeras o las tontas canciones de amor. Y esto es un error porque, desde el principio, él fue el más experimental y el más osado. Nunca tuvo miedo de lanzarse al vacío en búsqueda de nuevas creaciones. Su gesto más reciente de brindar su álbum para ser remezclado por artistas contemporáneos jóvenes ilustra perfectamente esta apertura”, asegura Sarquiz.

Ante los rumores sobre si próximamente será nombrado Lord por la reina Isabel II, se cuela la imagen del Paul McCartney más social, ese que sabe posar ante las cámaras entre lujosos palacios. Y es que es innegable que el bajista forma parte del jet set mundial, donde es reconocido como el gran caballero de los modales ingleses.

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“Paul no se marea con la riqueza, no es un tipo pagado de sí mismo, llega a sus 80 años sin convertirse en un viejo cascarrabias y presumido. Es un hombre que sabe cómo tratar a la gente para no hacerse enemigos gratuitos. No lo veo monárquico; de hecho pareciera que se sintió más orgulloso Mick Jagger de haber sido nombrado caballero que el mismo Paul”, dice Óscar Sarquiz.

Y sí. Paul vaya que aprendió de formas desde muy pequeño. Su madre, la única enfermera del barrio donde vivía, era la mujer más respetada de su condado. No sólo porque fuera una gran enfermera, sino porque hablaba con propiedad y trataba a la gente con educación. “Las formas lo son todo”, le dijo a Paul, quien a sus 80 años todavía es ese niño: su forma son los Beatles.

Como muchos niños nacidos durante la Segunda Guerra Mundial, Paul McCartney vio la luz en condiciones atípicas. Durante el parto, el médico pensó en declararlo muerto. Había nacido asfixiado; era cuestión de minutos para que dejara de respirar. Pero su madre, una irlandesa católica, y la partera, otra católica ferviente, rezaron.

El pequeño Paul sobrevivió. Su nacimiento selló el amor de sus padres, Mary y James, dos "solterones" que se conocieron durante un bombardeo nazi en Liverpool. Fue en un refugio subterráneo, entre sirenas y paredes de acero, que germinó la semilla de la familia McCartney.

Poseedor de una labia incomparable, Paul sorprendía a sus maestros por su liderazgo, carácter que después le serviría para convertirse en la columna vertebral de The Beatles, cuya existencia hubiese sido mucho más corta sin la intervención de aquel niño que, gracias a sus modales y sus tretas, escapaba de las nalgadas de su padre.

La vida del niño Paul —contada por Philip Norman en Paul McCartney. La biografía (2016)— es una antesala para entender la gran mansión emocional en la que ha vivido el bajista a lo largo de sus 80 años, que cumple este sábado 18 de junio.

A menudo se concibe a McCartney como el gran estereotipo del caballero inglés: pulcro, sofisticado y con un humor puntilloso pero refinado. Es Sir Paul McCartney desde que la reina Isabel, hace 25 años, así lo nombró. Y ni hablar de su dinero: Forbes le calcula una fortuna de mil 200 millones de dólares.

Sin embargo, poco se ha dicho sobre su verdadero origen familiar que, en sí mismo, es una transgresión. Sus líneas materna y paterna provienen de las regiones más pobres de Irlanda. A finales del siglo XIX, sus bisabuelos cruzaron las fronteras hacia Inglaterra en busca de trabajo, aunque eso implicara renunciar a su tierra, siempre recelosa de las costumbres y desconfiada de los ingleses, quienes representaban los aires imperiales que tanto despreciaban los irlandeses de clase trabajadora.

“James McCartney (su bisabuelo paterno) fue uno de los muchos que cruzaron el mar de Irlanda y llegaron a Liverpool, cuyo abarrotado puerto y sus fábricas confirmaban la aseveración de que era la segunda ciudad del Imperio Británico”, escribe Norman.

Ya asentados en Solva Street, la zona más pobre de Everton, los McCartney tuvieron hijos y nietos. Uno de ellos fue James, el papá de Paul, quien conoció la pobreza de primera mano. Entre él y sus hermanos debían repartirse los únicos dos pares de zapatos que tenían. Y como en Inglaterra estaba prohibido tomar clases descalzo, sólo un McCartney podía ir al colegio. Entonces iba, aprendía, apuntaba y, al llegar a casa, enseñaba las lecciones a sus hermanos.

“A pesar de la pobreza extrema de la familia y de las numerosas influencias dudosas del vecindario, James se convirtió en una persona honrada, modesta y puntillosamente cortés, lo que hizo que hasta sus propios hermanos lo llamaran El Caballero”, recuerda Norman. “Todos sus profesores lo amaban (al padre de Paul McCartney). Su única desventura durante la infancia fue caerse de una pared a los 10 años y dañarse el tímpano derecho, lo cual lo dejó con sordera permanente en ese oído”. Una verdadera tragedia para quien le encantaba tocar instrumentos de viento en una orquesta de swing: la historia del músico frustrado otra vez. Sin embargo, lo que no sabía James era que, años después, tendría un hijo con sus mismos modales, pero con un oído distinto.

Una familia peculiar

No toda la familia McCartney era ejemplar. De parte de su madre venían los Mohan, una familia irlandesa con gran afición por el juego y la bebida.

El desempleo los hizo emigrar. Su fama era tan desafortunada que prefirieron cambiarse el apellido a Mohin, para sonar menos irlandeses. Owen, el abuelo de Paul, era repartidor de carbón. Sus tíos eran un ejército de gente trabajadora, pero con mañas peculiares, como las del tío Will Stapleton, un camarero de barcos que robaba muchas cosas de los navíos en los que trabajaba. Un buen día fue capturado por robarle 500 libras a un pasajero en un crucero hacia África. Por ese delito pagó tres años en prisión. Tuvo que pasar medio siglo para que otro miembro de la familia, Paul, el Beatle de cara inocentona, estuviera tras las rejas en Japón por posesión de mariguana.

Los padres de Paul, James y Mary, también conformaron un matrimonio espurio. Al menos para la época. Ella era católica; él, protestante. Algo que no era muy bien visto entre las costumbres irlandesas. En Irlanda, las diferencias entre católicos y protestantes solían llegar a los golpes. O hasta la muerte.

Paul, al final, fue educado bajo los preceptos católicos por una razón muy sencilla: fue católico el rezo que lo "revivió" durante sus primeros segundos de nacido. A su padre protestante le dio igual: su verdadera religión era la música, que nunca pudo practicar de tiempo completo por tener que trabajar y por su sordera parcial.

¿El cursi de Los Beatles?

Aunque a menudo se cree que Paul McCartney fue el autor de las canciones más melosas del Cuarteto de Liverpool, la realidad es que la capacidad artística del bajista va mucho más allá de componer bellas melodías que tararean las tías.

El estereotipo Beatle siempre ha sido tan inamovible como impreciso: John Lennon representa la rebeldía y el coraje; George Harrison, la espiritualidad y la sofisticación; Ringo Starr, la diversión y la simpatía, y Paul McCartney, el liderazgo y el sentimentalismo.

“La realidad, sin embargo, es muy distinta. Es una evolución muy clara la que hay desde el grupo original, que era el grupo de John Lennon, al final del grupo, que es cuando toma el timón Paul McCartney”, observa el crítico musical Óscar Sarquiz.

El periodista Philip Norman no tiene la menor duda: Paul fue la columna que mantuvo en pie a los Beatles por varias razones. Su liderazgo nato fue una de ellas. Pero también su sentido administrativo; al final gracias a él, el grupo no siguió siendo estafado por los hombres de cuello blanco. “De algún modo Paul acabó siendo el más práctico y el más proactivo de todos”, reconoce Sarquiz.

“La gran cualidad de Paul fue su versatilidad, porque él hizo desde cosas muy elementales deliberadamente, hasta intentar música de concierto con su oratorio. Lo más importante es que realmente siempre ha estado muy abierto a todo tipo de influencias, que asimila y luego presenta un producto ejemplar”, afirma Sarquiz, también locutor del Instituto Mexicano de la Radio (IMER).

“El estereotipo derivado de la rivalidad Lennon-McCartney ha provocado que mucha gente piense que Paul componía las melodías ligeras o las tontas canciones de amor. Y esto es un error porque, desde el principio, él fue el más experimental y el más osado. Nunca tuvo miedo de lanzarse al vacío en búsqueda de nuevas creaciones. Su gesto más reciente de brindar su álbum para ser remezclado por artistas contemporáneos jóvenes ilustra perfectamente esta apertura”, asegura Sarquiz.

Ante los rumores sobre si próximamente será nombrado Lord por la reina Isabel II, se cuela la imagen del Paul McCartney más social, ese que sabe posar ante las cámaras entre lujosos palacios. Y es que es innegable que el bajista forma parte del jet set mundial, donde es reconocido como el gran caballero de los modales ingleses.

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“Paul no se marea con la riqueza, no es un tipo pagado de sí mismo, llega a sus 80 años sin convertirse en un viejo cascarrabias y presumido. Es un hombre que sabe cómo tratar a la gente para no hacerse enemigos gratuitos. No lo veo monárquico; de hecho pareciera que se sintió más orgulloso Mick Jagger de haber sido nombrado caballero que el mismo Paul”, dice Óscar Sarquiz.

Y sí. Paul vaya que aprendió de formas desde muy pequeño. Su madre, la única enfermera del barrio donde vivía, era la mujer más respetada de su condado. No sólo porque fuera una gran enfermera, sino porque hablaba con propiedad y trataba a la gente con educación. “Las formas lo son todo”, le dijo a Paul, quien a sus 80 años todavía es ese niño: su forma son los Beatles.

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