/ jueves 23 de junio de 2022

Entre líneas | El fanatismo que nos aflige y nos afloja

Cada día que pasa me convenzo más de que lo más peligroso del siglo XXI es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora. En el islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo…y lo peor hasta entre tus familiares más cercanos o entre los amigos.

Recientemente me expresaba en una Red Social, como ciudadano y no como periodista, de buena manera hacia un político al que además de respetar le tengo gran aprecio por circunstancias familiares, y que no vienen a cuento, y de repente un conocido colega, que según yo aparenta tolerancia, me interpela de imprevisto que a que viene “tanta miel…da”. Fanatismo puro. Y además, cuando le pido respetuosamente que no insulte y que respete mis opiniones y yo haré lo mismo con las suyas, me contestó con una batería de improperios hacia mi persona.

Es una idea común, que en Tabasco se habla recio pero no creo que sea verdad. El auge del fanatismo y el racismo en México y en el estado es mucho más peligroso que una característica de la idiosincrasia de la gente del terreno. Por eso me sorprende que las personas, de la calle, no se hagan más a menudo esta pregunta ¿Por qué reivindicar la comunicación como valor democrático? Porque hace mucho tiempo que no oigo a un político hacer una llamada sosegada al diálogo y la comunicación y es más que evidente que los mexicanos, y los tabasqueños en particular, hablamos cada vez menos los unos con los otros. Y todavía menos escuchamos al otro. Reformularé la pregunta: ¿cómo y por qué reivindicar el diálogo cuando todos clamamos por el respeto de aquella o esta línea roja? Porque lo interesante es que no apelo, como algunas formaciones políticas, al consenso o la unidad nacional del pensamiento como generadores de entendimiento, sino precisamente a las diferencias específicas de sus conciudadanos.

La conversación pública evoca siempre un mundo común sin el cual no es posible dilucidar nuestro futuro, y para ello es imprescindible reaprender el arte de la discusión y aceptar nuestras diferencias. Para que una conversación se produzca es necesario reconocer al otro y hacerse cargo de él, porque es precisamente ese reconocimiento el fundamento indispensable de las relaciones éticas que establecemos con nuestros semejantes. Y se trata de un ejercicio desinteresado, o gratuito si lo prefieren, un acto de generosidad que deberíamos hacer sin esperar nada a cambio. Porque en algún momento hemos olvidado que conversar es hacer un regalo: al entregarlo, no esperas que quien lo recibe te ofrezca algo a cambio, pues convertiríamos el gesto hermoso de la dádiva en un mero y frío intercambio mercantil. Y sin embargo, al regalar algo, siempre se genera un vínculo cálido, de compromiso y acercamiento. Lo mismo sucede con una conversación genuina: no buscamos encontrar cosas en común con nuestro interlocutor, no es un juego de reciprocidad.

HEMOS PERDIDO EL PODER DE CONVERSAR

Cuanto más complejos se van haciendo los problemas, más y más gente está hambrienta de respuestas muy simples. Una fórmula que lo cubra todo. Pero muy a menudo se trata de mensajes fanáticos. Por ejemplo: “Todos nuestros problemas se deben a los conservadores”, o “nuestros problemas se deben a la izquierda que quiere que seamos como Venezuela” El verdadero reto reside en estar abierto a escuchar algo distinto a nuestros puntos de vista, a dejarnos seducir por los argumentos del otro. Pero la arquitectura comunicativa de nuestras sociedades nos aísla cada vez más en nichos o burbujas, agrupados como bolas de billar; lejos de persuadirnos, reconocernos e interactuar, chocamos frontalmente o rodamos en el gran tablero cada una por nuestro lado. Perdemos así eso que podemos llamar “el poder de conversar y tolerar, de considerar las posturas de otra gente”. Y es esto, antes que cualquier idea de interés nacional, lo que hace posible construir un mundo común. Y por eso hemos de elogiar lo distinto, aunque compartir nos exponga y nos sintamos incompletos. Porque sin diferencias, no habrá nada que compartir.

Cada día que pasa me convenzo más de que lo más peligroso del siglo XXI es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora. En el islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo…y lo peor hasta entre tus familiares más cercanos o entre los amigos.

Recientemente me expresaba en una Red Social, como ciudadano y no como periodista, de buena manera hacia un político al que además de respetar le tengo gran aprecio por circunstancias familiares, y que no vienen a cuento, y de repente un conocido colega, que según yo aparenta tolerancia, me interpela de imprevisto que a que viene “tanta miel…da”. Fanatismo puro. Y además, cuando le pido respetuosamente que no insulte y que respete mis opiniones y yo haré lo mismo con las suyas, me contestó con una batería de improperios hacia mi persona.

Es una idea común, que en Tabasco se habla recio pero no creo que sea verdad. El auge del fanatismo y el racismo en México y en el estado es mucho más peligroso que una característica de la idiosincrasia de la gente del terreno. Por eso me sorprende que las personas, de la calle, no se hagan más a menudo esta pregunta ¿Por qué reivindicar la comunicación como valor democrático? Porque hace mucho tiempo que no oigo a un político hacer una llamada sosegada al diálogo y la comunicación y es más que evidente que los mexicanos, y los tabasqueños en particular, hablamos cada vez menos los unos con los otros. Y todavía menos escuchamos al otro. Reformularé la pregunta: ¿cómo y por qué reivindicar el diálogo cuando todos clamamos por el respeto de aquella o esta línea roja? Porque lo interesante es que no apelo, como algunas formaciones políticas, al consenso o la unidad nacional del pensamiento como generadores de entendimiento, sino precisamente a las diferencias específicas de sus conciudadanos.

La conversación pública evoca siempre un mundo común sin el cual no es posible dilucidar nuestro futuro, y para ello es imprescindible reaprender el arte de la discusión y aceptar nuestras diferencias. Para que una conversación se produzca es necesario reconocer al otro y hacerse cargo de él, porque es precisamente ese reconocimiento el fundamento indispensable de las relaciones éticas que establecemos con nuestros semejantes. Y se trata de un ejercicio desinteresado, o gratuito si lo prefieren, un acto de generosidad que deberíamos hacer sin esperar nada a cambio. Porque en algún momento hemos olvidado que conversar es hacer un regalo: al entregarlo, no esperas que quien lo recibe te ofrezca algo a cambio, pues convertiríamos el gesto hermoso de la dádiva en un mero y frío intercambio mercantil. Y sin embargo, al regalar algo, siempre se genera un vínculo cálido, de compromiso y acercamiento. Lo mismo sucede con una conversación genuina: no buscamos encontrar cosas en común con nuestro interlocutor, no es un juego de reciprocidad.

HEMOS PERDIDO EL PODER DE CONVERSAR

Cuanto más complejos se van haciendo los problemas, más y más gente está hambrienta de respuestas muy simples. Una fórmula que lo cubra todo. Pero muy a menudo se trata de mensajes fanáticos. Por ejemplo: “Todos nuestros problemas se deben a los conservadores”, o “nuestros problemas se deben a la izquierda que quiere que seamos como Venezuela” El verdadero reto reside en estar abierto a escuchar algo distinto a nuestros puntos de vista, a dejarnos seducir por los argumentos del otro. Pero la arquitectura comunicativa de nuestras sociedades nos aísla cada vez más en nichos o burbujas, agrupados como bolas de billar; lejos de persuadirnos, reconocernos e interactuar, chocamos frontalmente o rodamos en el gran tablero cada una por nuestro lado. Perdemos así eso que podemos llamar “el poder de conversar y tolerar, de considerar las posturas de otra gente”. Y es esto, antes que cualquier idea de interés nacional, lo que hace posible construir un mundo común. Y por eso hemos de elogiar lo distinto, aunque compartir nos exponga y nos sintamos incompletos. Porque sin diferencias, no habrá nada que compartir.