/ viernes 1 de julio de 2022

ARTILUGIOS. | Usigli.

Qué poco cambian las cosas. Pareciera el regreso a las normas viejas de la política donde un autor no podía decir lo que pensase o viese sin la severa mirada de la censura oficial… a menos que fuese Rodolfo Usigli.

Rodolfo Usigli (1905-1979) fue un poeta, dramaturgo, escritor y diplomático mexicano. Está considerado como el padre del teatro mexicano moderno. Entre sus obras teatrales destacan El Gesticulador, escrita en 1938, en la cual hace una concienzuda crítica al régimen revolucionario mexicano de ese tiempo. Por otro lado, se encuentra la trilogía de las Coronas, cuyas obras fueron calificadas por Usigli como antihistóricas y la cual se encuentra conformada por Corona de sombra, escrita en 1943, Corona de Fuego de 1960 y Corona de Luz de 1963, esta última sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la posibilidad de la fabricación de un milagro por parte de los españoles. Fue un prolífico dramaturgo y ensayista mexicano. Sus textos sobre sus obras y sobre la teatrología pueden ser devastadores, porque cree firmemente en que el teatro es el espejo de la sociedad, cosa que han olvidado los modernos dramaturgos de estos tiempos.

Así, cuando leemos, porque verla es (será) difícil, ¡Buenos días, señor presidente!, nos embarga una notoria desazón. Oía a mi padre contar historias de ese día malhadado de la Historia mexicana, el 2 de octubre/1968, que no se olvida. En ellas, la vejación, el escarnio, la maldad operaba el siniestro empuje que los más jóvenes, por nuestra edad, que no estuvimos en ese instante feroz, nos horrorizábamos, nos entusiasmábamos o llorábamos la valentía de unos, la temeridad de algunos, la vileza de las instituciones militares o de los gobernantes de ese momento, así como los muchos, muchos muertos de esos instantes.

En la obra en cuestión, Usigli recurre al viejo esquema del auto sacramental La vida es sueño, de Pedro Calderón de la barca. Y dije viejo. Discúlpenme, parezco milenial. Antigua es la mejor definición. Un joven despierta en la residencia presidencial. El sueño comenzó en las barricadas, esas que levantaron los estudiantes, creyendo ingenuamente que serian respetadas. En la obra de Usigli, los sueños de esa generación, los iniciadores de esa revolución fallida tienen la oportunidad que les da el arte. Harmodio despierta del sueño, atendido por el que no hace un día era un tirano, el general que lanzó al ejército sobre una indefensa población.

Harmodio sale de la pesadilla, entra al sueño y delinea los avatares de una utopía donde todos seriamos, seremos, felices. El sueño tiene sus ventajas. Todo puede suceder. Que los malos pasen por juristas, que los buenos tengan secretos ineluctables, que los tiranos lleven y traigan bandejas, que podamos ver uno o dos, o cien o doscientos, políticos del viejo regimen enjuiciados, juzgados y condenados a cadena perpetua o al paredón. Harmodio y sus correligionarios, porque la pericia dramática de Usigli nunca nos dice a qué partido pertenece el nuevo y joven presidente de México, si a los delta, los recalcitrantes o a los grama, los más hábiles. En el devenir del sueño, ese sueño desorbitado que se mira a sí mismo en plena marcha, Harmodio tendrá las tentaciones que debe tener todo presidente, todo político que accede al primer círculo de poder.

Una joven se ofrece para salvar a su novio, un capitán que solamente siguió órdenes, excusa plausible en todo militar, aunque ellos que dispararon. Juzga al presidente del parlamento, al expresidente, al ministro de la guerra, Harmodio en su primer día como mandatario se ocupa de más cosas que en las que debió ocuparse normalmente. Se comporta como lo que se espera de un hombre salido de las filas del pueblo, como un hombre correcto, decente, no vengativo sino justo. Nombra a su mejor amigo primer ministro. Ambos y Victoria, la líder del grupo delta, son la triada que gobernará hasta convocar a elecciones. Hay felicidad en el pueblo. Hay felicidad en los ciudadanos. Todo marcha sobre ruedas, porque eso queríamos todos, ¿no? Un gobierno correcto, pacifico, estricto y justo.

Lo malo es, como decía este señor, Carlos Monsiváis, que cuando todo está listo para que el gobierno actúe con toda propiedad, no faltará quien salga gritando “muera el buen gobierno”. Eso pasa. El sueño, ese que recrea sombras en su teatro sobre el viento armado, se va convirtiendo en pesadilla. El primer ministro, la líder del grupo delta, los nuevos funcionarios, todos parecen conspirar contra el nuevo presidente. Hay tensión en algunas escenas donde el presidente pide lealtades que se extinguieron apenas otorgadas las primeras prebendas. Hay maldad en los nuevos funcionarios ¿o solamente es la vieja costumbre política de hacerle al presidente de chivo los tamales, diciéndolo así nomás? En la obra de Usigli nos enfrentamos no solo a la difícil actividad política mexicana sino a la naturaleza humana. El individuo busca la libertad y después no sabe qué hacer con ella. Bien lo dice el I Ching, cuyo anagrama para la libertad es una cárcel, parecida al símbolo de número o hashtag, como le dicen ahora y su definición es “la libertad, la última de las prisiones”.

Al verse gobernados por un hombre capaz, culto, preocupado por el bienestar del pueblo, los políticos hacen lo que mejor saben, esto es conspirar. Harmodio siente la soledad del poder. Realmente, el dramaturgo es un hombre de enormes cualidades psicológicas. Sabe que el Hombre, el que dirige las cosas desde palacio, realmente está solo. Alrededor suyo hay conspiración, maldad, zalamería, estulticia, más malinchistas o chauvinistas que los mismos malinchistas o chauvinistas. Difícil gobernar entonces. Rodolfo Usigli propone un escenario acomodado al antiguo drama calderoniano. Él mismo lo explica en uno de sus interesantes prólogos, ensayos, epílogos, notas a sus muchas obras. Tres veces consideró elaborar refundiciones de los clásicos.

En este se basa en La vida es sueño donde el protagonista padece la misma intemperancia de Harmodio. Somos lo que no somos, aunque el sueño así nos trate. “La ciénaga de la política, dice Usigli, sin excepción de país casi, y la atarjea burocrática que la protege y encauza, especialmente en los sistemas piramidales de nuestro continente, es, por lógica directa, un trampolín para el sueño”. Así ocurre en la obra referida. Cambia la ideología, el color, la bandera. No cambian las instituciones administrativas donde está la verdadera sangría para el pueblo. Y perdonen si me parezco a Jesús Martínez, Palillo.

Toda aventura política lleva implícito el sueño de hacer justicia, aunque el ideal se pierda, se diluya en el camino. Harmodio tiene claro el ideal, es el soñador por excelencia. Por lo mismo, es un peligro. Seguir su sueño es lanzarse al abismo como si fuéramos lemings, esos roedores que, en determinado momento de su vida, se arrojan desde una altura considerable al mar. Casi siempre cuando rebasan la población. Este podría ser un buen principio.

Miles de políticos arrojados al mar. Es otro sueño. El caso es que Usigli borda en el telar de los sueños lo que pudo ser el altar de la realidad. Fue valiente. Fue digno. Fue un artista en toda la extensión secular de la palabra. Hoy, entre tanto desastre ocasionado por los de siempre, sean estos quienes sean, deberíamos volver la vista a esta obra nunca más actual, moderna, contestaria y veraz. Es un clásico. Claro, como a todos los clásicos, nos asomamos a ellos creyendo que son piezas intocables, inamovibles, incomprensibles.

Qué poco cambian las cosas. Pareciera el regreso a las normas viejas de la política donde un autor no podía decir lo que pensase o viese sin la severa mirada de la censura oficial… a menos que fuese Rodolfo Usigli.

Rodolfo Usigli (1905-1979) fue un poeta, dramaturgo, escritor y diplomático mexicano. Está considerado como el padre del teatro mexicano moderno. Entre sus obras teatrales destacan El Gesticulador, escrita en 1938, en la cual hace una concienzuda crítica al régimen revolucionario mexicano de ese tiempo. Por otro lado, se encuentra la trilogía de las Coronas, cuyas obras fueron calificadas por Usigli como antihistóricas y la cual se encuentra conformada por Corona de sombra, escrita en 1943, Corona de Fuego de 1960 y Corona de Luz de 1963, esta última sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la posibilidad de la fabricación de un milagro por parte de los españoles. Fue un prolífico dramaturgo y ensayista mexicano. Sus textos sobre sus obras y sobre la teatrología pueden ser devastadores, porque cree firmemente en que el teatro es el espejo de la sociedad, cosa que han olvidado los modernos dramaturgos de estos tiempos.

Así, cuando leemos, porque verla es (será) difícil, ¡Buenos días, señor presidente!, nos embarga una notoria desazón. Oía a mi padre contar historias de ese día malhadado de la Historia mexicana, el 2 de octubre/1968, que no se olvida. En ellas, la vejación, el escarnio, la maldad operaba el siniestro empuje que los más jóvenes, por nuestra edad, que no estuvimos en ese instante feroz, nos horrorizábamos, nos entusiasmábamos o llorábamos la valentía de unos, la temeridad de algunos, la vileza de las instituciones militares o de los gobernantes de ese momento, así como los muchos, muchos muertos de esos instantes.

En la obra en cuestión, Usigli recurre al viejo esquema del auto sacramental La vida es sueño, de Pedro Calderón de la barca. Y dije viejo. Discúlpenme, parezco milenial. Antigua es la mejor definición. Un joven despierta en la residencia presidencial. El sueño comenzó en las barricadas, esas que levantaron los estudiantes, creyendo ingenuamente que serian respetadas. En la obra de Usigli, los sueños de esa generación, los iniciadores de esa revolución fallida tienen la oportunidad que les da el arte. Harmodio despierta del sueño, atendido por el que no hace un día era un tirano, el general que lanzó al ejército sobre una indefensa población.

Harmodio sale de la pesadilla, entra al sueño y delinea los avatares de una utopía donde todos seriamos, seremos, felices. El sueño tiene sus ventajas. Todo puede suceder. Que los malos pasen por juristas, que los buenos tengan secretos ineluctables, que los tiranos lleven y traigan bandejas, que podamos ver uno o dos, o cien o doscientos, políticos del viejo regimen enjuiciados, juzgados y condenados a cadena perpetua o al paredón. Harmodio y sus correligionarios, porque la pericia dramática de Usigli nunca nos dice a qué partido pertenece el nuevo y joven presidente de México, si a los delta, los recalcitrantes o a los grama, los más hábiles. En el devenir del sueño, ese sueño desorbitado que se mira a sí mismo en plena marcha, Harmodio tendrá las tentaciones que debe tener todo presidente, todo político que accede al primer círculo de poder.

Una joven se ofrece para salvar a su novio, un capitán que solamente siguió órdenes, excusa plausible en todo militar, aunque ellos que dispararon. Juzga al presidente del parlamento, al expresidente, al ministro de la guerra, Harmodio en su primer día como mandatario se ocupa de más cosas que en las que debió ocuparse normalmente. Se comporta como lo que se espera de un hombre salido de las filas del pueblo, como un hombre correcto, decente, no vengativo sino justo. Nombra a su mejor amigo primer ministro. Ambos y Victoria, la líder del grupo delta, son la triada que gobernará hasta convocar a elecciones. Hay felicidad en el pueblo. Hay felicidad en los ciudadanos. Todo marcha sobre ruedas, porque eso queríamos todos, ¿no? Un gobierno correcto, pacifico, estricto y justo.

Lo malo es, como decía este señor, Carlos Monsiváis, que cuando todo está listo para que el gobierno actúe con toda propiedad, no faltará quien salga gritando “muera el buen gobierno”. Eso pasa. El sueño, ese que recrea sombras en su teatro sobre el viento armado, se va convirtiendo en pesadilla. El primer ministro, la líder del grupo delta, los nuevos funcionarios, todos parecen conspirar contra el nuevo presidente. Hay tensión en algunas escenas donde el presidente pide lealtades que se extinguieron apenas otorgadas las primeras prebendas. Hay maldad en los nuevos funcionarios ¿o solamente es la vieja costumbre política de hacerle al presidente de chivo los tamales, diciéndolo así nomás? En la obra de Usigli nos enfrentamos no solo a la difícil actividad política mexicana sino a la naturaleza humana. El individuo busca la libertad y después no sabe qué hacer con ella. Bien lo dice el I Ching, cuyo anagrama para la libertad es una cárcel, parecida al símbolo de número o hashtag, como le dicen ahora y su definición es “la libertad, la última de las prisiones”.

Al verse gobernados por un hombre capaz, culto, preocupado por el bienestar del pueblo, los políticos hacen lo que mejor saben, esto es conspirar. Harmodio siente la soledad del poder. Realmente, el dramaturgo es un hombre de enormes cualidades psicológicas. Sabe que el Hombre, el que dirige las cosas desde palacio, realmente está solo. Alrededor suyo hay conspiración, maldad, zalamería, estulticia, más malinchistas o chauvinistas que los mismos malinchistas o chauvinistas. Difícil gobernar entonces. Rodolfo Usigli propone un escenario acomodado al antiguo drama calderoniano. Él mismo lo explica en uno de sus interesantes prólogos, ensayos, epílogos, notas a sus muchas obras. Tres veces consideró elaborar refundiciones de los clásicos.

En este se basa en La vida es sueño donde el protagonista padece la misma intemperancia de Harmodio. Somos lo que no somos, aunque el sueño así nos trate. “La ciénaga de la política, dice Usigli, sin excepción de país casi, y la atarjea burocrática que la protege y encauza, especialmente en los sistemas piramidales de nuestro continente, es, por lógica directa, un trampolín para el sueño”. Así ocurre en la obra referida. Cambia la ideología, el color, la bandera. No cambian las instituciones administrativas donde está la verdadera sangría para el pueblo. Y perdonen si me parezco a Jesús Martínez, Palillo.

Toda aventura política lleva implícito el sueño de hacer justicia, aunque el ideal se pierda, se diluya en el camino. Harmodio tiene claro el ideal, es el soñador por excelencia. Por lo mismo, es un peligro. Seguir su sueño es lanzarse al abismo como si fuéramos lemings, esos roedores que, en determinado momento de su vida, se arrojan desde una altura considerable al mar. Casi siempre cuando rebasan la población. Este podría ser un buen principio.

Miles de políticos arrojados al mar. Es otro sueño. El caso es que Usigli borda en el telar de los sueños lo que pudo ser el altar de la realidad. Fue valiente. Fue digno. Fue un artista en toda la extensión secular de la palabra. Hoy, entre tanto desastre ocasionado por los de siempre, sean estos quienes sean, deberíamos volver la vista a esta obra nunca más actual, moderna, contestaria y veraz. Es un clásico. Claro, como a todos los clásicos, nos asomamos a ellos creyendo que son piezas intocables, inamovibles, incomprensibles.