/ viernes 21 de junio de 2024

Artilugios / El rastro de tu sangre en la nieve, de Gabriel García Márquez.

Ya que el Artilugio pasado lo dedicamos a la figura, ya extinta, del premio Nobel colombiano, creo que podríamos hablar de su mejor cuento. El rastro de tu sangre en la nieve es el cuento diferente del autor. Claro, no puede dejar de contextualizarlo en uno de los lugares más interesantes de Colombia, Cartagena de Indias.

Ahí se conocen dos adolescentes apenas que se dan al amor loco. Nena y Billy. Como ella señala, sus familias dirigen los destinos de la ciudad desde los tiempos de la Colonia. Ricos, de noble cuna, son hijos de esas familias autócratas que todas las sociedades provincianas tienen. Sus descendientes son gobernadores, alcaldes, potentados, terratenientes como lo fueron los tatarabuelos. Nena y Billy se enamoran con la feliz idea de su juventud, de su lirica lujuria y de sus privilegios de clase.

Un domingo de playa Billy la acosa, más por diversión que por malicia, en las cabinas de baño donde Nena está poniéndose el bañador. Billy le muestra el pene lo que provoca una risa innoble de la chica. Si quieres impresionarme, le dice, tendrás que portarte mejor que un negro. Ella era virgen y jamás había visto a un hombre desnudo. Pero la respuesta fue eficaz porque el agreste muchacho no pudo con ella y se lastima la mano con fuerte golpe en la pared.

Sintiéndose culpable por esta salida, Nena lo lleva a su casa y lo cura. Desde ahí comienza el amor, ese amor loco que nace entre la chica de buena familia y el delincuente juvenil. Pero no comienza ahí el meollo del asunto. Al iniciar la historia ya los vemos adentrándose en Francia en el Bentley convertible, regalo del padre de Billy. Nena tiene un percance, se ha pinchado el dedo anular con una rosa. A partir de ese momento, la chica lleva dos estigmas en su mano, como en el mejor cuento de hadas, el pinchazo y el anillo.

La sangre que va dejando desde Madrid hasta París es una de esas muestras del realismo mágico que sabe imponer el colombiano. Solo que en esta ocasión nos encontramos ante un realismo-mágico más refinado, lejos de las chicas que se elevan al cielo, lejos del tumulto pensativo, lejos de esos curas que, después de tomar una taza de chocolate, levitan para invitar a los ajenos feligreses a asistir a la misa dominical.

El rastro de tu sangre en la nieve es un cuento efectista porque todos esperamos que la historia termine bien. No. Como Shakespeare, como Bonnie y Clyde, el amor de estos jóvenes está signado por el destino. El destino los lleva lejos de sus lares donde sufren un percance. El percance es de sangre, por supuesto. Pienso en el director de cine Stanley Kubrick que en la cinta El resplandor dice en una entrevista que hará esta película con litros y litros de sangre Max Factor. El espectador, claro, piensa en escenas de supremo destazamiento. No. Cuando vemos salir de la sangre del elevador, en uno de esos perversos ensueños del protagonista, entendemos el punto.

Algo así hace García Márquez. Habla de un rastro de sangre que es realmente el de un dedo herido. Una metáfora sutil del deseo herido, del líquido que ella no retiene. La sangre complica la existencia. Este cuento goza de la juventud de ambos chicos, del cosmopolitismo europeo y de la apuesta del autor en contarnos cómo la suma felicidad se convierte en tragedia, apenas en unos momentos.

Ahora bien, hice una adaptación de este cuento para teatro. El contexto va siendo ofrecido por el diálogo entre los chicos y el público. Ellos son los demiurgos que cuentan la historia. Delimitan el espacio o lo amplían. Estamos ante una obra de teatro narrada por los protagonistas que cuentan lo que va ocurriendo, haciendo del suceso teatral un triángulo con tres puntas, Nena, Billy y el público.

Ellos tres contando una historia, a la manera de las obras de Julieta Campos. No hay narrador, que es un recurso muy anticuado, pueril para las nuevas narraturgias que fomentan los dramaturgos. Pues bien, quise hacer una obra de estas características utilizando el decurso narrativo del colombiano aportándole mis propias opciones para contar un cuento.

Nena y Billy son esos latinoamericanos perdidos en Europa, ajenos a las costumbres milenarias, impulsados porque ahí está la cultura toda de la Humanidad y sufriendo un percance para el que no estaban preparados. Los personajes son acompañados por la banda sonora del saxofón que señala las partes más chuscas, hermosas, amables, delicadas, nostálgicas de este cuento de hadas convertido en tragedia por el ánimo del narrador. Su tarea es influir en los sentimientos del espectador a través de la letra. La del dramaturgo es aprovecharse de esa experiencia actoral que conforma el extremo final del triangulo escénico.

Esta obra con el nombre de Un rastro de sangre puede ser vista en Teatro en 30 del maestro Víctor Balboa donde la belleza de Lupita Álvarez, el arrojo de Alfredo Perramón y la música de Germán Sala Guevara serán acordes con lo que se vaya acomodando en escena.

También quiero dar las gracias a Javier García Vidal quien siempre está en los esbozos de estos menesteres literarios y a quien aprecio como amigo, colaborador indispensable, cómplice y excelente productor. La asistencia de sala es de nuestro buen amigo Enrique Dagdug que divide sus amores entre dos clases de teatro, la política y la escena.

No se la pueden perder. Viernes, sábado y domingo tres funciones, 7, 8 y 9 y concluiremos temporada, la 32 de Teatro en 30, el 7 de julio. Teatro en 30 está en Quintana Roo 97, Fraccionamiento Guadalupe. Acompáñennos. ¡No nos dejen solos!

Ya que el Artilugio pasado lo dedicamos a la figura, ya extinta, del premio Nobel colombiano, creo que podríamos hablar de su mejor cuento. El rastro de tu sangre en la nieve es el cuento diferente del autor. Claro, no puede dejar de contextualizarlo en uno de los lugares más interesantes de Colombia, Cartagena de Indias.

Ahí se conocen dos adolescentes apenas que se dan al amor loco. Nena y Billy. Como ella señala, sus familias dirigen los destinos de la ciudad desde los tiempos de la Colonia. Ricos, de noble cuna, son hijos de esas familias autócratas que todas las sociedades provincianas tienen. Sus descendientes son gobernadores, alcaldes, potentados, terratenientes como lo fueron los tatarabuelos. Nena y Billy se enamoran con la feliz idea de su juventud, de su lirica lujuria y de sus privilegios de clase.

Un domingo de playa Billy la acosa, más por diversión que por malicia, en las cabinas de baño donde Nena está poniéndose el bañador. Billy le muestra el pene lo que provoca una risa innoble de la chica. Si quieres impresionarme, le dice, tendrás que portarte mejor que un negro. Ella era virgen y jamás había visto a un hombre desnudo. Pero la respuesta fue eficaz porque el agreste muchacho no pudo con ella y se lastima la mano con fuerte golpe en la pared.

Sintiéndose culpable por esta salida, Nena lo lleva a su casa y lo cura. Desde ahí comienza el amor, ese amor loco que nace entre la chica de buena familia y el delincuente juvenil. Pero no comienza ahí el meollo del asunto. Al iniciar la historia ya los vemos adentrándose en Francia en el Bentley convertible, regalo del padre de Billy. Nena tiene un percance, se ha pinchado el dedo anular con una rosa. A partir de ese momento, la chica lleva dos estigmas en su mano, como en el mejor cuento de hadas, el pinchazo y el anillo.

La sangre que va dejando desde Madrid hasta París es una de esas muestras del realismo mágico que sabe imponer el colombiano. Solo que en esta ocasión nos encontramos ante un realismo-mágico más refinado, lejos de las chicas que se elevan al cielo, lejos del tumulto pensativo, lejos de esos curas que, después de tomar una taza de chocolate, levitan para invitar a los ajenos feligreses a asistir a la misa dominical.

El rastro de tu sangre en la nieve es un cuento efectista porque todos esperamos que la historia termine bien. No. Como Shakespeare, como Bonnie y Clyde, el amor de estos jóvenes está signado por el destino. El destino los lleva lejos de sus lares donde sufren un percance. El percance es de sangre, por supuesto. Pienso en el director de cine Stanley Kubrick que en la cinta El resplandor dice en una entrevista que hará esta película con litros y litros de sangre Max Factor. El espectador, claro, piensa en escenas de supremo destazamiento. No. Cuando vemos salir de la sangre del elevador, en uno de esos perversos ensueños del protagonista, entendemos el punto.

Algo así hace García Márquez. Habla de un rastro de sangre que es realmente el de un dedo herido. Una metáfora sutil del deseo herido, del líquido que ella no retiene. La sangre complica la existencia. Este cuento goza de la juventud de ambos chicos, del cosmopolitismo europeo y de la apuesta del autor en contarnos cómo la suma felicidad se convierte en tragedia, apenas en unos momentos.

Ahora bien, hice una adaptación de este cuento para teatro. El contexto va siendo ofrecido por el diálogo entre los chicos y el público. Ellos son los demiurgos que cuentan la historia. Delimitan el espacio o lo amplían. Estamos ante una obra de teatro narrada por los protagonistas que cuentan lo que va ocurriendo, haciendo del suceso teatral un triángulo con tres puntas, Nena, Billy y el público.

Ellos tres contando una historia, a la manera de las obras de Julieta Campos. No hay narrador, que es un recurso muy anticuado, pueril para las nuevas narraturgias que fomentan los dramaturgos. Pues bien, quise hacer una obra de estas características utilizando el decurso narrativo del colombiano aportándole mis propias opciones para contar un cuento.

Nena y Billy son esos latinoamericanos perdidos en Europa, ajenos a las costumbres milenarias, impulsados porque ahí está la cultura toda de la Humanidad y sufriendo un percance para el que no estaban preparados. Los personajes son acompañados por la banda sonora del saxofón que señala las partes más chuscas, hermosas, amables, delicadas, nostálgicas de este cuento de hadas convertido en tragedia por el ánimo del narrador. Su tarea es influir en los sentimientos del espectador a través de la letra. La del dramaturgo es aprovecharse de esa experiencia actoral que conforma el extremo final del triangulo escénico.

Esta obra con el nombre de Un rastro de sangre puede ser vista en Teatro en 30 del maestro Víctor Balboa donde la belleza de Lupita Álvarez, el arrojo de Alfredo Perramón y la música de Germán Sala Guevara serán acordes con lo que se vaya acomodando en escena.

También quiero dar las gracias a Javier García Vidal quien siempre está en los esbozos de estos menesteres literarios y a quien aprecio como amigo, colaborador indispensable, cómplice y excelente productor. La asistencia de sala es de nuestro buen amigo Enrique Dagdug que divide sus amores entre dos clases de teatro, la política y la escena.

No se la pueden perder. Viernes, sábado y domingo tres funciones, 7, 8 y 9 y concluiremos temporada, la 32 de Teatro en 30, el 7 de julio. Teatro en 30 está en Quintana Roo 97, Fraccionamiento Guadalupe. Acompáñennos. ¡No nos dejen solos!